Carnicería
Carnicería
Por María José Montezuma
En los estantes colgaban intestinos brillantes, pulmones llenos de aire y arterias a las que aún les podías sentir el pulso, aún sin corazón, latiendo. Podías, por breves instantes, devorar tus problemas con esos intestinos prestados, respirar otros aires a pulmón lleno, hacer llegar sangre a esas ideas dejadas de lado en la rutina personal de tu sístole. Diástole. Una carnicería sin carne, solo vísceras, de esas que la gente más necesita. Un día fui con problemas de peso. Tomé del estante una vejiga elástica y en este contenedor momentáneo fui vertiendo todo lo que había acumulado por años. Supe el momento exacto en el que debía devolverla antes de hacerla explotar. Ya liviana, digerida, oxigenada, contenida, estaba lista para volver a la regularidad de mis entrañas.