El filósofo
El filósofo *
A mi hermano Juan José Bautista Segales
In memoriam Rafael Bautista Segales Fue una noche de abril. La ciudad se anegaba en zozobra. Los rumores no lograban alumbrar la creciente oscuridad que sitiaba los cuatro costados de la capital. El gran apagón cegaba los ojos con la más cruel incertidumbre, e imprimía en los corazones malos presentimientos y consecuencias todavía más oscuras que aquella noche. Sombras pasadas volvían a soplar su aliento fétido y expandían el temor por las calles que se refugiaban en cuanta vela había en las despensas. La gente salía a compartir la pena con sus vecinos y todos tenían la misma pregunta que abría sus miradas para así robar un poco de luz a los candelabros. Pero la noche no se ensañó. La espera no acabó desfalleciendo en lo terrible. El gran apagón sólo fue eso y pronto la luz devolvió a la ciudad Esa noche, en medio de la zozobra y la desespesu perfil vidrioso. Pero, esa noche, las miradas ranza, entre la oscuridad y el silencio expectante, treparon por encima de sus miedos y siguieron los le fue revelado al filósofo el principio de principerfiles de los edificios en dirección hacia arriba. pios, el origen, el fin y el fundamento, el porvenir Aprendieron a ver hacia lo alto. Y vieron cómo las y su tiempo. Su búsqueda dio sus frutos aquella noche y cosechó en silencio lo que pareció bajar * Cuento publicado en Bautista, R. (2022). La Memoria Obstide los cielos hasta su desvelada mirada. nada. Preludio de una teoría del espíritu narrativo . La Paz: Yo soy si Tú eres Ediciones.
estrellas no se habían extinguido y continuaban vistiendo la noche de milagros. Todos entonces se recogieron en una contemplación casi mística del universo y midieron su inmensidad con un largo asombro que atravesaron de canto a canto. La ciudad se bañó con un descanso que bajaba de lo alto y persistió mucho tiempo más en los sueños de la gente. Ahora bien, aquella noche, llena de misterios, no fue sólo de apagones crecientes que anegaron de dudas la ciudad hasta la madrugada. Hubo algo más. Otro acontecimiento, tan portentoso como el recuerdo que guarda la memoria de aquella jornada, sucedió en un rincón de los alrededores de esta ciudad que, una vez, fue el orgullo de un país pujante.
Llegó a esta parte del mundo sin el ruido que precedió a sus similares. Desapareció de la palestra que ocupaban los intelectuales los meses anteriores a las revueltas de mayo. La desconfianza al mundo se adivinaba en sus ojos que se agazapaban detrás de aquellos anteojos de baquelita negra. No le cegó la revolución que se pregonaba a voz en cuello; ni le extrañó que, después, sus apologistas abjuraran públicamente de ella. Frecuentaba rara vez, y con suspicacia, los banquetes que la intelectualidad despilfarraba ante la menor excusa. Tampoco le tentó la fama que estaba tan reñida con aquel silencio que buscaba en todas partes, ni el poder que seducía a sus colegas hasta revolcarles en el lecho de las prebendas. Había dedicado su vida, con sacrificio y tenacidad, a escudriñar con celo todo el pensamiento que se extendió por más de veinticinco siglos en el mundo. Amó a Platón y Aristóteles por encima de toda diferencia. El medioevo le demoró sendas de luz y misterio. Reconoció en Descartes a un semejante. Leibniz y Baruch Espinosa le condujeron por el camino de la filosofía primera, desplegada matemáticamente. Kant estuvo a su lado, construyendo los principios de la razón, conspirando una crítica trascendental. Primero Bergson y luego Husserl fueron los presuntos implicados de sus tempranas sospechas. Hasta que encontró a Heidegger, mientras se debatían consigo las posibles estructuras de una categoría elemental que estaba construyendo. Desde entonces no desmayó hasta encontrar la clave, la piedra fundamental de un sistema que germinaba desordenadamente entre sus soliloquios.
Afuera el silencio rumiaba el frío que se desprendía de las miradas sumidas en el pasmo. Esa noche el tiempo se descubrió en la oscuridad y penetraba por las puertas que, como nunca, permanecían abiertas. El filósofo advirtió algo inusual y, como un destello, sintió una revolución urgente gestándose allí mismo, en la desordenada urdimbre que tejían sus ideas. De pronto el sistema, que parecía trabajosamente discurrir en el aire junto a la estela que dejaban las velas, adquirió coherencia definitiva. Clara y distintamente, a la luz de las velas, empezaron a fluir conceptos y categorías que iban a desafiar toda la tradición; definiciones audaces sin parangón en el lenguaje académico; aforismos desafiantes y parábolas se colaban encendiendo aún más los textos. Frases lacónicas, como dardos infalibles, iban distribuyendo una explicación que llevaba años macerando. La ciudad volvió a encender su soberbia ante el cielo que no se dolió. Sin percatarse de aquello, incansable y presuroso, el filósofo llenó páginas y páginas de pensamiento comprimido en parágrafos largos como el tiempo; con una precisión y una erudición tan asombrosas que, en un momento supremo, le poseyó la idea de ser nada más que un médium escribano que escuchaba el dictado de un ser superior. Una vez dibujado el punto final de 996 páginas, descansó en el mismo escritorio que rebalsaba de tanto papel escrito con tinta color sepia. Afuera una suave luz resbalaba en la neblina que envolvía la ciudad como una bufanda. La
última vela dio un suspiro mortuorio y no llegó a ver ese nuevo día. El filósofo se levantó, recogió páginas al azar, las leyó en voz alta y comprendió que eran perfectas. Recordó, entonces, su niñez perdida, su juventud no lograda. Vio ante sí la imagen seca y adusta de una soledad que costó toda una vida, y no sintió remordimiento alguno. Todo aquello había valido la pena. El fruto del sacrificio y la abnegación era perfecto. Repitió, para su propio deleite, una vez más, la sentencia socrática que memorizó hace más de 33 años: “El propósito del conocimiento es, primeramente, uno mismo”. Salió ufano al balcón que se doraba entre la tenue luz de la mañana. Respiró hondo, como si el aire tuviera un sabor nunca antes sospechado. Se le antojó pensar que la vida había llegado a madurar un nuevo tiempo y que él estaba ahí, testigo del primer impulso de algo insólito. Llenó sus pulmones con más ahínco, quería empaparse de aquella conjetura feliz, pero un ligero cosquilleo le hizo reconocer una contracción, que se hacía más percusiva en la tos que asaltaba su garganta con fogonazos de materia espesa (demandando un movimiento compulsivo en todo su cuerpo). Entonces comprendió algo más, mientras el pañuelo se teñía de una fuerte sustancia oscura. Hace muchos años, en una suerte de éxtasis, siendo todavía impúber, había soñado con el diálogo entre poetas y pensadores, alumbrando plazas con la palabra, generando actos que los
hombres celebraban libres y soberanos. En un arranque apasionado, pero lúcido, había ofrecido, desde entonces, su existencia a la sabiduría. La ciudad bostezaba y se negaba a despertar del todo. Nubes ralas se esparcían en el cielo que estaba de un azul expedito. En las calles ya se adivinaba un ajetreo que iba a ser unánime de un momento a otro. Y al balcón de Los Rosales , del número 17 de la calle Estigia, habían llegado un montón de palomas que curioseaban como comadres de pueblo. Una suave filigrana de luz se derramó en la puerta entreabierta, descubriendo un cuerpo que estaba vencido, un rostro impávido que había presenciado lo inevitable. Una lágrima se corrió por su mejilla izquierda, los labios estaban abiertos, oscuros por la sangre, y los ojos estaban despiertos, encendidos, pero ya no miraban. Estaban agradecidos.