Año 1, Nº 1 (2021) · Miscelánea · pp. 146-166

Muro-Pandemia. Sobre un nuevo régimen de muros

Pacheco Benites, Alberto

Formatos: PDF · pp. 146-166 Resumen y metadatos

Muro-Pandemia Sobre un nuevo régimen de muros

Alberto Pacheco Benites

Constantemente, se instauran diversos regímenes de muros que atraviesan lo social y con eco en lo micropolítico, delineando subjetividades. Al respecto, la labor es (d)enunciarlos para, a partir de ello, avizorar formas de horadarlos. En tal sentido, este ensayo propone una aproximación al nuevo régimen de muros que se configura como consecuencia de la pandemia de 2020 y que se manifiesta a través de tres dimensiones reconocibles (al menos hasta hoy): un muro-aislamiento , un muro-distanciamiento y un muro-máscara. La mirada no pone foco en las implicancias políticas o económicas de ello – sumamente relevantes y harto visitadas por la bibliografía relacionada a la pandemia– sino que hace foco en los carices más «micro».

Palabras clave:

Muro, pandemia, muerte, rostro, aislamiento.

Constantly, diverse regimes of walls are established that cross the social and echo the micropolitical, delineating subjectivities. In this regard, the task is to enunciate (report) them in order, from there, to envision ways to pierce them. In this sense, this essay proposes an approach to the new wall regime that is configured as a consequence of the 2020 pandemic and that manifests itself through three recognizable dimensions (at least until today): a wall-isolation, a wall-distancing and a wall-mask. The look does not focus on the political or economic implications of this - highly relevant and widely visited by the bibliography related to the pandemic - but rather focuses on the more “micro” aspects.

Wall, Pandemic, Death, Face, Isolation.

«Para aquel a quien por todas partes

le crecen muros es bueno ser perturbado.

Felices los que saltan por encima de esos muros

antes de que crezcan demasiado».

Elias Canetti – La provincia del hombre

(Apuntes I)

«…pero parece seguir siendo prisionero

de otros muros, que lleva dentro de sí».

Félix Guattari – La revolución molecular

Hace un tiempo, con motivo de haberse cum-

plido tres décadas desde la caída del Muro de Berlín, quien escribe estas líneas propuso una mirada en torno a los muros en nuestros días. Se trató de un abordaje referido tanto a la propia

idea del muro como a ciertas prácticas sociales

y políticas que nos «amurallan» continuamente. Así, fue posible dar cuenta de –al menos– tres

nuevos regímenes de muros , que se encuentran

presentes y que atraviesan nuestro entorno con diversas formas e implicancias 1 . Pues bien, al respecto, se hizo evidente que la labor que se delata urgente respecto a todos los

regímenes de muros es buscar siempre su res-

quebrajamiento. Es nuestro menester horadar 1 Se trató de un texto presentado como ponencia para el 2do Encuentro Internacional de objetos y muros , realizado en México DF, Bogotá y Berlín el 09 de noviembre de 2019, con la organización de Tlaxcala 3, de México DF, y de The Institure for Endotic Research (TIER), de Berlín [disponible en: https:// bit.ly/2XErobI]. Este será publicado en 2020 en un libro titulado Objetos del muro. Investigación curatorial acerca de muros contemporáneos (México DF: Festina publicaciones), que está en proceso de edición. Asimismo, una versión en inglés del mismo se publicó en junio de 2020 como parte del libro Objects Before and After the Wall (Berlín: TIER). Libro disponible en: https://bit.ly/3hfp5DZ

los muros, el brindar herramientas para hacerlo o por lo menos dar cuenta de nuevos regímenes cuando se están constituyendo. Se trata de la labor siempre pendiente, siempre urgente. De allí que resulte medular repensar las implicancias de la pandemia de 2020 en esa misma dirección. Y es que urge caer en la cuenta, primero, de cuáles son «amurallamientos» que se están constituyendo en lo social, al cobijo de lo que viene siendo esta disrupción de aquello que dábamos por sentado. A partir de ello, también cabe describir en qué medida este nuevo régimen de muros abre territorios para sus propias grietas y para la emergencia de potencias insospechadas.

Tres manifestaciones del muro-pandemia

La pandemia no sólo ha desnudado –y enfatizado– crisis y descalabros estructurales propios del orden económico actual; a saber: sus dinámicas de desigualdad, su falta de accesos, sus lógicas de privatización y erosión de los sistemas públicos, su inclinación hacia la precarización del trabajo y un largo etcétera (el análisis sesudo de dichas implicancias, aunque necesario, supera tanto los intereses como el foco de este texto 2 ). 2 Valga mencionar, en esa línea, que actualmente ya existe una inconmensurable cantidad de reflexiones (libros, artículos académicos, análisis periodísticos a profundidad, etc.) que abordan las implicancias socio-económicas de la pandemia, aunque es un corpus que reposa –al menos en este momento– lejos de poder conseguir algo que se asome como un balance final. Al respecto, véase el sonado libro Sopa de Wuhan (Agamben et al., 2020), que recoge reflexiones de autores como, Giorgio Agamben, «Bifo» Berardi, Byung-Chul Han, entre otros, incluido Slavoj Zizek, quien ha publicado un libro en solitario al respecto (Zizek, 2020). Asimismo, en el Perú ya se cuentan diversos libros que recopilan reflexiones sobre este contexto. Véase: Bruce et al. (2020), Salcedo, Muñoz y Pe-

Además de todo ello, la pandemia también supone un redibujo de dinámicas más cotidianas de los sujetos y que se dan a nivel de las inte-

racciones, de los acercamientos, del propio sen-

tido del espacio y de la subjetividad. Tales dinámicas, claro está, también implican su cariz socioeconómico y político, sus propias tesituras y microfísicas del poder, pero éstas no son homologables a las primeras. De allí que el foco de este ensayo sea dar cuenta precisamente de las dinámicas cotidianas y más «próximas». Es decir, cartografiar los amurallamientos propios de este contexto, las formas «micro» del muro-pademia . Y es que este nuevo régimen de muros pareciera delinear al sujeto-en-sí como un muro. Dado que atraviesa las interacciones más básicas, con-

figura desde la distancia física (impuesta como

norma), hasta el encierro (con lógicas de control

y precarización), pasando además por un arre-

batamiento del rostro (a través de la mascarilla

como accesorio par excellence del porvenir).

De modo que el muro-pandemia implica, en pri-

mer lugar, los efectos de un muro-aislamiento ,

referido a las acciones gubernamentales durante el primer momento de la emergencia. Es decir, al encierro y al confinamiento como método adoptado alrededor de buena parte del globo en diversos niveles y escalas 3 . Si bien refiere a una rona (2020), Manrique Guzmán (2020) y UARM (2020). Como anunciaba un periodista español, dicha oleada de ensayos en torno a la pandemia sólo irá en aumento (Llorente, 2020). 3 Ya para Abril de 2020, en América Latina la gran mayoría de países había aplicado medidas muy restrictivas de confinamiento (BBC, 2020a), mientras que en Europa la cuarentena era característica de diversos Estados en mayor o menor grado de dureza (La Vanguardia, 2020).

condición que ha sido provisional, lo cierto es que la medida abrió paso a virajes considerables que resonarán al largo plazo. Desde una reconfiguración del empleo y de la educación (el tele-trabajo como forma hegemónica), hasta un replanteamiento de la propia idea del confinamiento, de la ausencia y de la muerte. Ello, sin considerar que dichas medidas de confinamiento son latentes de ser reinstaladas, según lo dicte el –casi inevitable– rebrote de contagios a nivel global. En segundo lugar, están dos muros que se corresponden con el cuerpo. Por un lado, el mu-

ro-distanciamiento , referido a la introducción de

la distancia física forzosa como ingrediente de las interacciones. Ésta cambiará la forma en que se configuran los espacios públicos y los lugares incluso más íntimos y familiares. Desde cambios en aforos y en las formas en que se desplaza la gente por las urbes, hasta la imposibilidad –¿la paranoia?– con respecto a la proximidad de otro o al abrazar a alguien «cercano» hasta un próximo aviso. En tiempos en que la inmediatez de las pantallas parecía haber disuelto también el sentido de lo distante , de pronto la forma más básica de la distancia se asienta como norma de la convivencia que viene. Todos disponibles, accesibles e instantáneos a través de la pantalla, mientras los más próximos se atraviesan por la distancia. La interacción, incluso con los más cercanos, se normaliza (y normativiza) a través de píxeles y pantallas. Por otro lado, está el muro-máscara , que implica la interacción cotidiana despojada del gesto

o, más precisamente, con el rostro devenido en mirada. Al haber convertido a la mascarilla en parte indispensable del atuendo en tiempos de pandemia, lo cierto es que se amuralla otro cariz de las interacciones cotidianas. De pronto, queda «mutilado» algo tan dado por sentado como es el intercambio de gestos (junto a todo el repertorio de transacciones no-verbales de la intercomunicación). Se ha despojado a la interacción de la sonrisa, de la gestualidad completa de un rostro. No queda más que expresarlo todo con el recurso (no menor) de la mirada. Se recorta esa «máscara» que es ya nuestro rostro, en cuanto a lo que la interacción simbólica supone. Se le recorta con la mascarilla sanitaria, que la deja parcelada sólo a los ojos.

Tales serían, pues (y sólo hasta hoy), algunos de los carices detectables de los amurallamientos de la pandemia. De seguro ha de haber muchos otros que puedan revelarse evidentes. En todo caso, aquí se parte por dar cuenta de estos, que se delatan urgentes de ser considerados. Muro-aislamiento.

Sobre las mutaciones del encierro

El aislamiento social forzoso constituyó una suer-

te de primera manifestación del muro-pande-

mia , fue su primer cariz. Súbito, nos dejó a todos amurallados en nuestras viviendas, implicando la reconfiguración de toda la dinámica social. Se levantó el muro-aislamiento y con ello se dio paso a cuatro mutaciones reconocibles: la inser-

ción tecnológico-productiva en diversas esferas

(aunque principalmente en educación y trabajo),

la deriva pseudo-autoritaria (manifestada –iróni-

camente– desde el lado de las poblaciones), las

marcas de la desigualdad (más evidentes en

realidades como la latinoamericana, donde la capacidad de encierro es sinónimo de la capacidad económica de una minoría) y, finalmente, la

mutación del valor de lo ausente .

De tales mutaciones, las tres primeras corresponden a las implicancias más «macro» de este muro-aislamiento . Como ya se señaló, ese nivel de dimensiones no puede ser abordado en este ensayo con la amplitud que ello demandaría, por lo que se hará sólo referencia a sus dinámicas principales 4 . La cuarta mutación del muro-aisla-

miento , sin embargo, no necesariamente ocupa

un lugar protagónico en la tarima de lo mediático ni tampoco en las discusiones académicas. Por su carácter más «micro», suele pasar por ob-

viada dentro de esta dimensión del muro-pan-

demia . Por ello se le rescata aquí, pese a que sus implicancias también demandan un desarrollo mucho mayor. Pues bien, con respecto a la primera mutación

–la inserción tecnológico-productiva –, lo laboral

y lo educativo han constituido las áreas por excelencia en las que el encierro implicó algunas simultáneas «aperturas» hacia nuevas lógicas y 4 Ello, considerando que superaría por mucho los alcances del texto y que, además, la gran mayoría de publicaciones actuales decantan por ese derrotero, incluso las que se hicieron desde los albores de los confinamientos a nivel mundial o las que se editaron a nivel local. Véase: Sandoval (2020), quien lanza una lectura muy temprana, hacia mediados de Marzo, así como como Zizek (2020) y el propio libro Sopa de Wuhan .

funcionamientos. Se «abrió», pues, el trabajo hacia un sistema de tele-producción que implica dinámicas de exigencia y de vigilancia inéditas. De pronto, se asumió como «normal» (y hasta «esperable») que los trabajadores contaran con una disponibilidad casi constante. Los horarios de trabajo pasaron a dilatarse, sin considerar el sobre-costo de la propia producción, que ahora recae del lado de los trabajadores, ni tampoco las condiciones de precarización que empiezan a aparecer. Ello, sobre todo en países donde la legislación laboral no se cumple (si en caso existe) a rajatabla. Si desde hace pocos años ya se venía hablando de una «uberización» del trabajo y de la economía (cfr. Morozov, 2017) la inserción de mu-

ro-aislamiento ahora da pie a que el concepto

de «zoomismo» cale en las derivas de lo laboral, es decir, «una microeconomía del autoencierro», que puede significar un salto tan radical como el del fordismo al toyotismo y que implica un viraje y disciplinamiento sobre todo para las clases medias asalariadas (y es que, para las clases trabajadoras más precarizadas, las condiciones ciertamente no han sufrido gran mutación) (cfr. Estévez, 2020). Pero, claro, en unas circunstancias de crisis económica generalizada y de pérdida masiva del empleo, el trabajador digital-remoto de clase media acepta tales condiciones, bajo la idea de que contar todavía con un salario supone «el privilegio» de poder seguir siendo explotado. En el caso de la educación, la ruta es similar. La prolongación de la educación a distancia en

muchos niveles no sólo afecta los procesos del propio aprendizaje y su calidad 5 , sino que también reconfiguran las condiciones de empleo de los propios docentes. Los niveles de exigencia sobre su trabajo han aumentado considerablemente, sin contar las implicancias (incluso a nivel de salud) de esta nueva forma de enseñanza (cfr. Figueroa, 2020 y Gallo, 2020). Pero tales son, finalmente, las condiciones de trabajo y de educación propias de este muro-aislamiento . Si bien se trató de una condición temporal y transitoria, los efectos de dicha inserción probablemente tengan un considerable eco posterior.

Respecto a la segunda mutación –la deriva

pseudo-autoritaria – urge cartografiar el terreno

de todas las tecnologías y técnicas de vigilancia y de control desplegadas por los gobiernos en

un primer momento de constitución del mu-

ro-aislamiento . Desde el despliegue del ejército en las calles en mucho países, hasta la sofisticación algorítmica de cámaras de vigilancia repartidas en las urbes (con posibilidades de hacer reconocimiento facial y medir la temperatura (BBC, 2020b) o, incluso, de detectar aglomeraciones de forma automática (El País, 2020)), se tratan todos de síntomas que podrían tener un considerable tufo autoritario. 5 Lo que puede deberse a un problema de acceso a los recursos tecnológicos adecuados (conexión, soportes, etc.), a la falta de capacitación y manejo de las plataformas pero, sobre todo, a un optimismo naif y a un determinismo tecnológico, que implican que una apropiación «metodológicamente» adecuada de las herramientas digitales supone una via regia hacia mejor educación. Como si la tecnología garantizara de alguna forma un «mejor» proceso de enseñanza. Finalmente, mientras no se cambien las lógicas de profesores y estudiantes, las herramientas (digitales o no) no han de garantizar nada.

No es gratuito, en tal sentido, que en un sinfín de artículos y ensayos hayan resonado ecos a las lógicas del poder planteadas por el filósofo francés Michel Foucault, cuyos conceptos de poder disciplinar, bio-política, bio-poder o gubernamentalidad han resultado protagónicos en la discusión en diversos continentes e idiomas. Pero lo cierto –y aún en una línea foucaultiana– es que quizá el más terrible (y sutil) de los autoritarismos haya acontecido a nivel de subjetividad. Al respecto, cabe recordar lo que el filósofo señala con relación al fascismo, cuando lo signa como «el mayor enemigo». Pero no se refiere sólo al fascismo institucional y partidario (como el nazismo), sino a ese «fascismo que está en todos nosotros», que nos hace amar el poder y a todo aquello que nos somete (1994, p. 88-91). Y es que, junto a estas implicancias «macro» de ribetes autoritarios (dadas a nivel institucional o de políticas), a un nivel «micro» ocurrió un viraje particular en diversos sectores de la propia población. Estos, ya sea asumiendo una suerte de «rol culpable» con respecto a la propagación del virus (algo alentado desde la tribuna mediática oficial) o sea a razón de marginalización y estigmatización (también mediática) de quienes desacataban las medidas, optaron por reforzar la idea de una «mano dura» gubernamental como salida. Y así, como corre-

lato del muro-aislamiento y su paisaje de calles

desiertas y en silencio, la idea de que una «población desobediente» debía ser corregida mediante un «rol duro» por parte del aparato estatal quedó reforzada 6 . 6 Al respecto también existen innumerables artículos y textos. Con relación al Perú, véase: Pecho Gonzáles (2020), Mora-

Por otro lado, la tercera mutación, referida aquí a la idea de unas marcas de la desigualdad , remite al hecho de que –en realidades en las que ayudas, subsidios y bonos gubernamentales no alcanzaron a gran parte de la población– el encierro desnudó tremendos abismos de desigualdad. Digamos que lo evidenciado mediante el muro-aislamiento fue distancia social más que un distanciamiento social . Con contundencia, la pandemia nos espetó en la cara las lógicas de un sistema que convierte a la supervivencia de amplios sectores de la población en praxis habitual y a la indiferencia del resto en norma . Y es que, en última instancia, las posibilidades de soportar las condiciones de encierro son correlato de los recursos económicos disponibles por parte de los sujetos. De allí que una de las razones centrales para que el aislamiento no se hubiera podido cumplir a cabalidad desde un inicio, repose precisamente en las tensiones generadas por tales distancias . Por decirlo en términos del sociólogo francés Hamza Esmili, «el confinamiento es un concepto burgués» (cfr. Paredes, 2020), algo que el autor señala desde su mirada a lo que ocurre en los barrios más pobres de Paris, pero que ha sido evidenciado también a lo largo de las diversas urbes latinoamericanas. Así, por ejemplo, en realidades como la peruana, la concurrencia masiva de gente a los mercados se condice con el hecho de que menos del 22% de hogares pobres del país no cuente con un refrigerador en casa (cfr. Pighi Bel, 2020). les Tovar (2020), Fawkes (2020) y Montoya Rojas (2020).

A ello se aúna la estigmatización que el imaginario mediático realiza respecto a los sectores más pobres, a los que además se culpabiliza de los contagios masivos. De allí que los (pre)juicios, traducidos en cierto desprecio o en afán de juzgar a todos «esos ignorantes» o a la gente de «aquellas zonas» que no ha respetado el aislamiento, hayan sido levantados desde la dispensa de una cuarentena cómoda, propia del privilegio de un estómago lleno y una cama caliente. Por otro lado, está finalmente la cuarta mutación del muro-aislamiento , a la que se ha denominado aquí como la mutación del valor de lo ausente . Esta refiere a que, pese su condición momentánea (llegando a durar meses en el

caso del Perú), el muro-aislamiento reconfigu-

ra rasgos respecto a la propia idea de la rutina, así como de la ausencia y la soledad e, incluso, de la muerte. Y es que esta etapa de encierro implicó que un sector de la población –ese «afortunado» sector de clases medias que pudo conservar su (tele) empleo– se enfrente a una «rutina» compuesta sólo por las operaciones de su funcionamiento económico, sin la posibilidad de consolidar ese «otro espacio» simbólico y social de lo laboral . Por más «conectados» que se encuentren los trabajadores –desde sus casas–, se ha perdido la

posibilidad de los intercambios propios del te-

rritorio del trabajo, en tanto distante/distinto de

la esfera personal 7 . Se ha erosionado todo anda7 Algo tan sencillo como intercambiar o hablar libremente con los pares queda desdibujado: ¿Cómo hablar con soltura, por ejemplo, de las frustraciones propias del territorio

miaje de intercambios sociales que acompaña labor productiva y que constituye el territorio del espacio de trabajo. Pues bien, despojada la rutina productiva de dicha dimensión y despojada también de las posibilidades de consumo que ofrecía el mundo pre-pandemia, debería haber quedado más transparentado el modo en que el Capitalismo neoliberal-digital ha precarizado las existencias de esas clases-medias. A saber: diariamen-

te atravesar durante horas el tráfico vehicular

(consecuencia de malas condiciones de transporte público y de planificación urbana), para producir frente a una pantalla al interior de un cubículo (también durante horas ) 8 , para luego llegar a una casa en la que el trabajador se desconecta por hiper-conexión (móvil, tablet, PC, TV, etc.) y en la que, muchas veces, solo puede desayunar, cenar y dormir. Todo ello para acumular un salario que –llegado el fin de semana o las vacaciones– desaparece a razón de consumismo exacerbado (e innecesario 9 ) o de posibilidades y facilidades de endeudamiento 10 . doméstico (o del propio entorno laboral) si hay que hacerlo desde la tribuna de lo doméstico o a través de los soportes laborales? 8 Claro está que estas condiciones pueden estar acondicionadas de la mejor manera posible para que el trabajador se sienta «a gusto» (entiéndase: que produzca mejor). Incluso con los ambientes optimizados hasta constituir un « Best place to work » o alguna otra deriva que –se supone– esté enfocada en el trabajador. 9 Habría que ver, si no, la crisis en la que se encuentran en este momento industrias como las de la ropa de lujo, la perfumería o las de los accesorios prescindibles en general. 10 Cabría recordar, al respecto, al filósofo francés Gilles Deleuze quien afirmó en relación a nuestras sociedades de control que «el hombre ya no está encerrado sino endeudado» y que, al final, «una constante del capitalismo sigue siendo la miseria de las tres cuartas partes de la humanidad, demasiado

Pero, nuevamente, pese a que las condiciones deberían haber transparentado las implicancias de tal precarización, el asunto parece haber pasado lejos de una suerte de «toma de consciencia» generalizada o de un viraje hacia otra forma de vida. Por el contrario, ante estos desbordes, ha campeado un discurso de «optimismo generalizado». Toda la industria de la «positividad» y la «felicidad como mandato» se puso a la orden del día para delinear la percepción de estas nuevas rutinas intramuros. Junto con el muro-aislamiento , se ha reforzado el dispositivo de la «tiranía del optimismo», que opera como máxima en la subjetividad frente estos tiempos aciagos. Algo

así como optimismo-contra-paroxismo como

única forma «correcta» de lidiar con el encierro. Desde hace algunos años ya se ha puesto bajo cuestionamiento el modo en que se delinea la subjetividad sobre la base del mandato de la felicidad como éxito (y viceversa), para lo cual – claro está– el propio sistema constituye una idea de lo que es felicidad. Se han dado miradas que presentan desde cuestionamientos directos a las formas de esa felicidad construida por el sistema (Ahmed, 2019), hasta análisis que dan cuenta de la apropiación que el Capitalismo ha realizado de tales discursos para garantizar –y optimizar– la performance productiva de sus trabajadores (cfr. Purser, 2019 y Cabanas y Illouz, 2019). Pero, sin duda, en el contexto de la pandemia, urgiría pobre para endeudarlas, demasiado numerosas para encerrarlas» (2006, p. 284). Habría que acuñar el hecho de que, si algo ha conseguido el muro-aislamiento , es justamente ese encierro productivo en el que los avatares-trabajadores del «zoomismo» siguen alimentando la maquinaria.

dar cuenta de los territorios –cada vez mayores– ocupados por las «fórmulas» o «soluciones» que impulsan los mandatos de «ser productivo y feliz

en casa», de «mantenerse ‘arriba’ en estos tiem-

pos», de «no perder el optimismo para no parar » y un largo etcétera. Esta clase de máximas mercadológicas (que la mayoría de veces traslapan la idea de ser feliz con la de seguir produciendo ), suelen estar empaquetadas en diversas formas de coaching o de salida a los problemas de la rutina por la vía « neo-mística », de la autoayuda o de alguna otra deriva « post-new-age ». Ahora bien, transversalmente a las circunstancias, la escases del contacto y la lejanía de los que nos

son cercanos han redibujado todo, dejando via

regia a la difusión de este tipo de « productos ». Lo cierto es que mucha gente tuvo que aprender a lidiar consigo misma. Sobre todo quienes –como el que escribe estas líneas– permanecieron (y siguen permaneciendo) tal periodo en soledad. Si algo queda claro, luego de meses a la sombra del muro-aislamiento , es que la soledad no es un vacío sino una saturación. Una saturación de voces e imágenes que ocupan todo. Podría decirse que la soledad es la saturación de todo lo ausente, que reclama cada vez más rincones y esquinas para sí. No hay soledad sin su correlato de ausencia. Probablemente es en tal sentido que el escritor búlgaro Elias Canetti señala que sólo es posible estar solos «cuando tenemos a cierta distancia personas que nos esperan. La soledad absoluta no existe. Tan sólo existe la cruel soledad frente a los que esperan» (2001, p. 137).

La gran fortalecida con la pandemia ha sido la ausencia. En retrospectiva, los momentos más triviales y los vericuetos más anodinos de nuestras vidas compartidas con otros resultan hoy atesorables. Ahora se convive no sólo con la ausencia de los otros, sino que además también está el fantasma de su potencial partida. Resulta curioso, en tal sentido, el modo en que el mu-

ro-aislamiento ha alterado el lugar de la muerte

y la forma de procesarla. En primer lugar, está lo que ha propiciado el aparato mediático, que parece haberla «lavado» –¿«desinfectado»?– para introducirla en el día a día. Rodeados constantemente por índices de mortandad y por cifras de fallecidos –como si se tratase de la temperatura, del clima o de un resultado deportivo–, pareciera que hemos convertido a la muerte en algo aún más habitual de lo que ya era en la tribuna de los medios. Claro, en las últimas décadas, la exhibición informativa exacerbada de la muerte ya la había «asesinado»; era la «muerte de la muerte» por acción mediática, mediante una suerte de pornografía de la violencia y el crimen, lo que erosionó su fuerza simbólica en el discurso social (cfr. Pacheco Benites, 2008). Pero el contexto de la pandemia parece haberla normalizado de otra manera, de una forma «aséptica», «clínica», «limpia». Como si llevar el conteo de nuestros propios muertos se hubiera vuelto incluso parte de esa configuración nueva. La partida de alguien queda disuelta en el rotor de la aritmética estatal y mediática, mientras las imágenes del dolor y las lágrimas de los que ruegan por un sistema de salud menos

precario, se (con)funden en el océano de cifras. Todas diluidas por la saturación informacional. En segundo lugar, está lo que ocurre de forma más precisa con la relación muerte-ausencia. Y es que uno de los aspectos más costosos de la muerte de alguien cercano ha sido siempre el proce-

sar su ausencia , conseguir convertirla en una

costumbre. Pero, con el encierro del muro-aisla-

miento , la ausencia queda sentada previamente.

Lo difícil con la muerte es acostumbrarse a la ausencia del que ya no está. Qué le hace, entonces, a la muerte que forzosamente nos habituemos antes a tal ausencia. En el contexto de hoy, el que se va lo hace luego de no haber estado por buen tiempo. Incluso, pasado el confinamiento inicial, aún se continúan ausencias prolongadas (sea por la sospecha y el resquemor del contagio o por las condiciones materiales dadas). De allí que, cuando la muerte llega, el hábito del vacío de ese alguien está ya bien instalado. Es como si se tratase sólo del cierre de una dinámica de ausencia iniciada mucho antes; el corolario de una carencia –ya normalizada– del que no está más. Finalmente, en tercer lugar, está lo que implica la despedida en sí, a la que el muro-aislamiento arrebató muchos de los rituales y procedimientos simbólicos propios de la despedida. Al respecto, cabe recordar aquello que el pintor Andy Warhol señala en relación a la muerte, en la que dice «no creer» porque en última instancia «uno no está ahí para saber si ocurre» 11 . Y es que, efectivamente la transición que implica la muerte no es para 11 Dice el original: «I don’t believe in it, because you’re not around to know that it’s happened» (Warhol, 1975, p. 123).

el que se va, sino para los que se quedan lidiando con esa partida. El que se va «no está más allí» para cargar con esa ausencia. Quedan los otros. Es para los otros que la muerte ha sido siempre lo que queda por digerir. Precisamente las pompas y rituales fúnebres dan cuenta del pasaje de esas transiciones, sobre todo porque manifiestan el afecto por aquel que se va. Gran parte de la ritualística en torno a la muerte constituye finalmente eso: un gesto de afecto. Pensemos, si no, en lo que señala el prehistoriador francés Jean Courtin, quien –al ser consultado sobre en qué

momento aparece el concepto de amor en nues-

tra especie–, afirma que «el sentimiento amoroso va a la par con la consideración que se tiene por los muertos», algo que se rastrea precisamente al Homo sapiens (Courtin, 2004, p.17) 12 .

En esa línea, el muro-aislamiento en tiempos de

pandemia también suspendió tales rituales. En su lugar, la imposibilidad de acompañar a nuestros muertos, hizo que se optara por el anuncio de una cremación distante, sin tiempo ni treguas para otras despedidas. Era posible, incluso, hacer una transmisión «en vivo» de los procesos (en otra de esas «sesiones» de video-llamada), pero sin el sentido colectivo por el que tales circunstancias se caracterizan. Despedidas en pantallas, de lutos individuales, que se dan luego de ausencias ya vueltas costumbre. Tal fue la danza más «micro» y más afectiva entre la pandemia y la muerte. 12 Courtin afirma que ese cuidado corresponde a características propiamente humanas que fueron desarrolladas por el Cro-Magnon hace alrededor de 100 000 años en África y Cercano Oriente (2004, p.17).

De modo que esas cuatro mutaciones , de diversas escalas pero de amplísimos alcances, son las

que se cobijaron en los cimientos del muro-ais-

lamiento . Muchas de sus implicancias todavía seguirán resonando por largo tiempo y quedará siempre necesario el carácter de dar cuenta de ello. Pero lo cierto es que la totalidad del mu-

ro-pandemia implicó otras dos formas de muro,

que reposan sobre tenores aún más próximos. Ciertamente, sobre el propio cuerpo.

Muro - Distanciamiento

Y Muro-Máscara.

De La Revancha De La Distancia Al

Arrebatamiento Del Rostro

Gradualmente, luego del muro-aislamiento , se

ha dado paso a una segunda y a una tercera forma de amurallar lo cotidiano: el muro-distanciamiento y el muro-máscara . Mientras aquel primero se configura a partir de la emergencia inicial (justificando sus implicancias en el con-

texto de medidas y acciones tan atípicas), estos

otros dos carices del muro-pandemia se instau-

ran como parte del repertorio de lo que se hace normal, más bien de forma « soft » y perenne. Así, por un lado, las sociedades ya empiezan a

convivir atravesadas por el muro-distanciamien-

to , que implica una revalidación de la distancia física, una normalización de trechos marcados e impuestos entre los sujetos. Por otro lado, lo cotidiano da cuentas de rostros semi-anónimos y de gestos mutilados. Se trata del muro-máscara como parte de lo que se ha de incluir en el orden que se configura. Ambos carices del muro-pandemia son rasgos del modo en que serán apropiados los diversos espacios y la interacción en general. Desde protocolos que delinean incluso las interacciones más básicas, hasta reconfiguraciones de los lugares públicos, lo cierto es que en

el día-a-día, máscaras y distancias (además de

devastadas economías ) parecerán constituir los

efectos más plausibles con los que se convivirá por un buen tiempo. Y es que la pandemia reveló una dimensión adicional con la potencia de hacer muro: ser uno mismo el muro , el muro de la presencia como amenaza, muro de no-inmunidad, que nos separará (aún más) a todos. De alguna manera, el cuerpo será el nuevo muro, plantado en el corazón mismo de la interacción física, que ha sido siempre la base de nuestras dinámicas sociales.

Con el muro-distanciamiento , se impone la dis-

tancia física como componente de las interacciones, como rasgo en la apropiación de los es-

pacios, en un mundo en que la distancia –como promulgaban distintos discursos, sobre todo desde la tecno-filia publicitaria– ya no era un eje a considerar en el cotidiano de las grandes urbes y de las sociedades «conectadas» 13 . La distancia física se cobra una revancha en un tiempo en el que el orden económico y el comunicacional

daban la impresión de haberla suprimido como

una de las dificultades a superar (a razón de la velocidad absoluta de la información y de los flujos digitales). Al respecto, ya había dicho el sociólogo polaco Zygmunt Bauman que «en el mundo que habitamos, la distancia no parece ser demasiado importante. A veces, da la impresión de que sólo existe para ser cancelada» (2001, p. 113). En tal tiempo, en el que los flujos instantáneos de la comunicación parecían haber reducido en algún sentido la amplitud del mundo, de pronto el distanciamiento se cuela en el centro de lo cotidiano como «nueva norma», como rasgo inevitable de todas las derivas. Aparece, pues, este nuevo muro, que se inserta en los intercambios primarios. Aquello que nos hizo seres culturales y de interacción se atraviesa por el amurallamiento de un contagio potencial:

muro-sospecha del cuerpo ajeno como amena-

za. Se trata de un muro no erigido, un muro-va13 Claro está que, en contextos donde la conexión y la instantaneidad no han sido la norma, la distancia (y su dificultad) como articulador de la vida cotidiana ha estado sumamente presente siempre. Es el caso, por ejemplo, de los pobladores que caminan durante horas para acceder a un hospital o a un colegio. Pero en las urbes, la inmediatez comunicacional incluso palea los efectos de la distancia traducida en tiempo (el tráfico, por ejemplo, como lugar privilegiado para la des-conexión por éxtasis del flujo digital).

cío , un muro espacio en blanco entre todos, levantado en cada posibilidad de interactuar. El contacto físico sin ningún resquemor queda reservado para aquellos que han compartido el previo encierro o que comparten la vivienda, siempre y cuando las precauciones y protocolos sanitarios sean respetados por todos los cohabitantes. Muro-protocolo , muro-higienización cercando al cuerpo. Fuera de ello, el contacto supone un riesgo. Incluso si la cercanía se normaliza entre interactuantes que deciden pasar por alto toda esa «lógica aséptica», se sabe que hay en ello un riesgo, se cuela el sinsabor de la sospecha. ¿Qué le hace al cuerpo tanta imposibilidad de tocarse libremente? ¿Cómo se procesan semanas (o meses, en algunos casos) de no haber rozado nada vivo? ¿Cómo mutan los decibeles y los pliegues del deseo? Puede que parezca algo meramente «logístico» o incluso «superficial», comparado con el compromiso de la propia supervivencia que experimenta gran sector de la población. Pero lo cierto es que se trata de un ajuste que sentará ancla en varias de las dinámicas más puntuales entre los sujetos, que muta ciertas valorizaciones y formas de (no) aproximarnos. Sin duda, en todo caso, supone la emergencia de un muro, lo que no ha de pasarse por alto. La inserción del muro-distan-

ciamiento diluye toda sutileza en la aritmética

de las distancias, todo el efecto simbólico de la proximidad es atravesado por la prioridad sanitaria de la lejanía-como-supervivencia . Pensemos, si no, en el relato La aventura de un soldado del

escritor italiano Italo Calvino y cómo describe esa danza sutil del acercamiento entre dos personajes anónimos que comparten un viaje en tren. En silencio y a razón de miradas y gestos, van ganando centímetros de cercanía en esa suerte de esgrima que es el coqueteo abrigado en la proxemia (cfr. 2009, p. 29-38). Tal lógica resulta inconcebible a luces del mundo post-pandémico y su nuevo régimen de muros. El muro-dis-

tanciamiento , al final, da cuenta del muro-con-

tagio , del muro-virus , del muro-biológico .

Pero dicha distancia física, además, opera entre gente cuyos rostros han quedado convertidos a miradas. Miradas que son parte de gestos ocul-

tos tras el muro-máscara , otra consecuencia con

la que habrá que vivir el mundo de la pandemia. Tal como ocurre con el contacto físico, el rostro se convierte en algo que se ve a solas o que se muestra a los que están próximos, aquellos que han participado de nuestro encierro o que comparten nuestros protocolos de higienización bajo el mismo techo. Es decir, con aquellos que superan el umbral de la sospecha del contagio. De cualquier forma, ya no es algo completamente libre: finalmente, el muro-máscara signa la misma suspicacia sobre el cuerpo. Curioso, ya que –en cierto sentido– nuestro rostro ha sido siempre una máscara, pero no en el tenor de algo «falso» que «en-cubre» o «re-cubre» una supuesta «profundidad distinta», sino en

la aserción más básica, la del enmascaramien-

to como articulación de la interacción social. El rostro como parte de los recursos para nuestra

performance en la dramaturgia cotidiana de la

interacción, aquello que el sociólogo norteamericano Erving Goffman llamó « front-stage » o «fachada» (2001, p.33-42). Es decir «toda actividad de un individuo (…) ante un conjunto particular de observadores [que] posee cierta influencia sobre ellos» (p.33). Vale recordar, en tal sentido, que el significado primario de persona también recorre el mismo camino. Persona , en principio, significa máscara 14 . Pero con el muro-máscara , la pieza plástica se instaura para «partir» el rostro y dejarlo convertido en una mirada que se demasía. Se trata de una mirada que carga con el peso de una necesidad comunicativa que ya no es posible compartir con la totalidad del gesto. Es la mirada que además está atravesada con tener que expresar-procesar el miedo y la sospecha que supone cada intercambio. De allí que tal desborde recaiga en una escenificación más pronunciada de lo corporal, sea recorriendo los pasillos de la prosodia a través de la modulación de la voz, sea mediante la kinésica en el arqueo de las cejas o en el movimiento corporal. Como si los sujetos jugaran a remedar la habilidad de aquellos ac-

tores y actrices del teatro Noh japonés, capaces

de transmitir diversas emociones por encima (o por debajo) de las máscaras que llevan puestas y que tienen el gesto marcado de una emoción reconocible. 14 Etimológicamente, persona deviene del término latino persona , que designa las máscaras del teatro. El filósofo italiano Nicola Abbagnano además recuerda que «en este sentido fue introducido en el lenguaje filosófico por el estoicismo para indicar los papeles representados en la vida por el hombre» (1974, p.909)

Puede que a fuerza de la cotidianidad, que exige siempre el funcionamiento por sobre todo, no mucha gente repare en ello y, por el contrario, incluso ni siquiera acuse mucha diferencia respecto a las dinámicas de la interacción previa a la pandemia.

Al final, mientras funcionen las interacciones e in-

tercambios funcionales –valgan redundancias–,

repensar aquello resuena en lo inútil. Pero lo cierto es que en ese nivel tan «micro» emerge un gran salto de eje –una mutación– con relación al rostro y a aquello que posibilita y permuta. Sus implicancias aún no empiezan ni a delinearse 15 . Y es que el rostro –«en vivo»– pierde su preponderancia de vitrina por excelencia hacia lo(s) desconocido(s). Ahora es, en todo caso, una vitrina siempre cubierta, siempre sugerida, siempre con un sabor a medias. El rostro, que ahora alberga un muro , ha funcionado siempre como la primera fuente de puentes que cruzan hacia los otros. Desde los puentes que

conducen a lo confiable , hacia aquellos rostros

que nos resultan hogar –los rostros conocidos, los rostros que nos dan cobijo–, hasta los puentes propios del instante, que llevan hacia los rostros desconocidos que nos sostienen la mirada o que nos esbozan algún gesto, sea en un cruce por la calle o en el pasillo de un supermercado. El rostro 15 Tan importante es esta pérdida del rostro que existen ya numerosas empresas abocadas a desarrollar máscaras de materiales transparentes, que al menos permitan no perder la posibilidad de ver una sonrisa, pero con los niveles de protección sanitaria que demanda la pandemia. En esa línea, uno de los proyectos más conocidos a nivel global ha sido el desarrollado por la empresa Leaf, que además ha conseguido más de cuatro millones de dólares a través de una estrategia de crowdfunding , lo que refleja un interés del público por el desarrollo del producto. (véae: www.leaf.healthcare).

ha sido siempre el tributario de los primeros abordajes, el lugar donde remite el «escaneo» inicial y más primario entre los sujetos. Pero –de pron-

to– el muro-máscara se erige cortando el puente,

erosionando esa mirada más básica. El gesto amable para el extraño debe ser reemplazado por una –más intrusiva– interacción oral o por la indiferencia forzada y compartida. De

otra manera, el muro-máscara ha de dificultar

las lecturas que implican ese asomarse al mundo del otro. Hay ahora un espacio (re)cubierto en la ventana –otrora siempre abierta– de los gestos. La lectura del rostro desconocido ahora es una lectura parcial. Se hace difícil hallar eso que el muy famoso retratista italiano Tullio Percicoli resalta al afirmar que «el individuo está en el rostro» (2006, p.29). El rostro ya no es de dominio o exhibición pública, sino que se impone la reserva del peligro que representa tenerlo descubierto. Incluso, du-

rante las visitas e intercambios entre cercanos ,

las máscaras desaparecen sólo para compartir el alimento, luego se recoloca con premura, como cuando se acaba una tregua. Así, la pandemia nos arrebata la libertad del rostro (o, al menos, buena parte de él), lo cerca con el muro-máscara . Siempre entendido como ventana hacia lo afectivo de los sujetos, sin aviso se convierte en un rincón tapeado, amurallado. La mascarilla amurallando el gesto, convirtiéndolo en mirada (lo que no es poco, pero se delata insuficiente, incompleto). Se erosionan los puentes, pero se trata de un cambio que no sólo acontece en cuanto

a las dinámicas de los sujetos. Más allá de ello, ésta muta los tránsitos de la interacción en sí. Y es que «la cara es social (…) es dibujada y esculpida por las relaciones» (Pericoli, p.35), de allí que desde la pragmática de la comunicación hasta el interaccionismo simbólico, se han interesado por el rostro y sus dinámicas. Siempre entendido como puerta vaivén hacia la espontaneidad

construida –propia de las puestas en escena de

lo social–, el rostro pasa a quedar mutilado en el espacio público o en cualquier lugar en el que

haya otra gente .

Hoy, el muro-máscara instaura la forma de se-

mi-anonimato generalizado ante el fantasma –muy real– del posible contagio. Muro que, tal como obliga a traducir (e interpretar) las emociones más básicas con menos recursos, también nos transforma los gestos más sencillos. Pensemos, si no, en cómo se han desdibujado el bostezo, los estornudos, el acomodarse el cabello o el suspiro. Mutan atravesados ya sea por el

muro-resquemor de la transmisión o por el mu-

ro-plástico del cobertor.

Al final, nuestro rostro ha funcionado siempre como herramienta para aquello que –precisamente desde el interaccionismo simbólico–ha constituido el escenario último en el que se des-

lizan nuestras performance de interacción coti-

diana. Rostro como máscara, siempre, pero como máscara que opera en toda la profundidad, como superficie con todos los abismos contenidos en sí, que sirve de profundidad móvil, profundidad de respuesta. Es precisamente ello a lo que re-

fiere Deleuze cuando da cuenta de sus «efectos de superficie», en torno a lo cual, además, rescata la poderosa frase del poeta Paul Valéry: «lo más profundo, es la piel» (2005, p.36). El rostro siempre ha sido esa «máscara profunda», permeable a los otros –y modulada con los otros– que puede llegar a ser incluso máscara-espejo , casi como ocurre con el Rorschac de Alan Moore 16 . Pero la pan16 Se trata de un personaje de la novela gráfica Watchmen (Moore y Gibbons, 2007). Este antihéroe, utiliza una máscara a la que considera como su rostro «real». Ésta, a su vez, cubre toda su cabeza con una tela de color blanco que posee dos manchas simétricas y líquidas que van mutando todo el tiempo sobre su rostro, asemejando un test de Rorschach.

demia y sus derivas implican cubrir esa máscara que es (de) uno con otra, que es ajena. Una máscara distinta: plástica, neutra, aséptica y muerta. Máscara médica sobre máscara simbólica y social, para anular –en parte– las potencias de los gestos, los giros que se cuecen en las comisuras que habitan por debajo de la línea de mirada 17 . 17 ncluso en la representación pictórica o audiovisual, habita toda una mística respecto al rol que cumple el primer plano como aquella amplitud privilegiada para retratar el mundo interno de los personajes. Al final, el valor estético del rostro-como-objeto ha resultado siempre determinante para tal fin. Y es que hay una fuerza en el rostro como objeto a contemplar, un valor estético más allá que como instrumental representativo, sino como imagen en sí.

Así, estos dos muros relativos al cuerpo (el mu-

ro-distanciamiento y el muro-máscara ) hacen

parte también del muro-pandemia , de esas dinámicas de amurallamiento propias de la condición global desatada por la enfermedad que campea. Ambos son relativos a lo más próximo a los sujetos, pero se condicen con el contexto y sus nuevos ordenamientos económicos y socio-políticos. Precisamente por ello es que ofrecen posibilidades de resistencias y desbordes.

Horadar los muros

Donde aparece un muro, aparece una grieta .

Donde se crea una frontera, se crea un cruce . Siempre que se instituye un límite (un poder), se constituyen también las posibilidades de atravesarlo y de superarlo , lo que implica tensiones constantes (las potencias). Al final, pues, «donde hay poder, hay resistencia» (Foucault, 1998, p.116).

Y ésta no tiene que organizarse para aparecer;

por el contrario, la organización de una resistencia más bien aquieta lo que ha sido una emergencia , aquello que ha emergido. Esa es la tregua que dan los muros, en todas sus versiones, en todos sus regímenes. De allí que las implicancias del muro-pandemia puedan también incluir algunos desbordes y potencias insospechadas.

El muro-aislamiento , por ejemplo, al tiempo que

sentó las bases para mecanismos de precarización del trabajo y de un mayor control/vigilancia sobre lo educativo, también posibilitó espacios para cruces e intercambios que en circunstan-

cias anteriores no hubieran sido tan fácilmente viables. Se ha abierto la posibilidad de un repensar o al menos de establecer una abierta y más compartida crítica a las formas de vida propias del orden económico actual. Tal es el caso de la discusión en torno a lo innecesario de gran parte del consumo de los sujetos y a las posibilidades que reposan en prácticas como la auto-suficiencia. Se trata de una crítica cada vez más extendida y generalizada, lo que resulta de plano en posibles reconfiguraciones micropolíticas. Además, se han promovido flujos que otrora serían impensados, en terrenos académicos y políticos, con lógicas incluyen funcionamientos nodulares, más mutantes, más móviles de lo que permite un anclaje de la acción únicamente «física». Se trata de encuentros que acontecen con interactuantes de distintos contextos y visiones, aportando al intercambio, al diálogo y a la consolidación de fuerzas que surgen. Los espacios digitales, más que nunca, atestiguan emergencias de aquello a lo que los filósofos Michael Hardt y Antonio Negri denominan como «multitudes» (cfr. 2004), que accionan y responden incluso dadas las circunstancias 18 . Aunque siempre está el fantasma de las vigilancias estatales, pero sobre todo del (ab)uso de la data por parte del sector privado que posee plataformas y soportes de 18 Es el caso, por ejemplo, de los « Tiktokers » y « K-popers » saboteando un mitín de Donald Trump en plena pandemia (cfr. Lucas, 2020), o de la organización y del apoyo global de las manifestaciones en Estados Unidos, en el contexto del asesinato de George Floyd a manos de la policía de ese país (cfr. Ramsden, S., 2020 y Emot y Wen, 2020) y es también lo que ocurre con la articulación de las protestas en Chile en el contexto de la pandemia (cfr. BBC, 2020c).

tales espacios, lo cierto es que se permiten articulaciones, conexiones para las emergencias de respuestas «moleculares» y alternativas «micropolíticas», para decirlo con el psicoanalista francés Félix Guattari (cfr. Guattari y Rolnik, 2006, p. 60-83 y 149-158).

Precisamente el muro-máscara podría ofrecer

una salida con respecto a las lógicas digitales de tufo autoritario y de control que también se asoman como consecuencia de esta pandemia. Y es que dichos muros en nuestros rostros dificultan el accionar de las cámaras de bio-vigilancia y de todas las herramientas de reconocimiento facial. ¿Cómo pueden funcionar si hay que atravesar el

muro-máscara sobre los rostros? se hace difícil

el reconocimiento de un rostro semi-anónimo y convertido en mirada 19 . En tiempos en que la lógica de vigilancia por vía de la informativización de la vida y sus rincones

parece imponerse, el muro-máscara de pronto

parece ofrecer una vía de salida en tal sentido. Claro, probablemente el brazo del control tecnológico –como siempre ocurre– afine sus lógicas (depurando/optimizando sus algoritmos) y aquella fuga quede neutralizada, pero hasta entonces queda abierta la grieta. Se despliega también otro tipo de potencias, arrojadas a lo que refiere a los sujetos. El se-

mi-anonimato del muro-máscara abre terreno

19 Actualmente ya hay estudios y todo un debate alrededor de la forma en que los desarrolladores de algoritmos de reconocimiento tratan de adecuarlos a este contexto (cfr. García, 2020 y Metz, 2020). Incluso, existen tutoriales de maquillaje que enseñan formas para dificultar la labor del reconocimiento facial (Odriozola, 2020).

a unas posibilidades de construcción mayores, máxime en contextos sociales y culturales donde la mirada –y la acción– del otro pueden estar embriagadas por el exceso del juicio policiaco. Las posibilidades de construirse en el semi-anonimato son importantes en esa línea. La máscara, en su terreno de no-reconocimiento del otro, permite escapar de la carcasa habitual que nos lleva a nuestros guiones y puestas en escenas más habituales y esperados. En ese sentido, se puede recoger una idea que el sociólogo francés Michel Maffesoli elabora sobre la base de un texto de Georg Simmel: que la máscara «entre otras funciones, tiene la de integrar a la persona en una arquitectura de conjunto» y que nos «subordina» a esos «grupos de afinidad» que hemos elegido (2004, p. 174-175). El muro-más-

cara , irónicamente, nos permite despojarnos de

esa máscara social: esa condición de anonimato a medias es también una tregua de uno mismo. Y es que reside, en el anonimato social, la invitación a rebasar las construcciones y puestas en escena de nuestra presentación en lo cotidiano. Quizá se trate de manifestaciones mínimas o que no perdurarán por mucho tiempo y que se ciñen únicamente a las circunstancias particulares del asalto de la COVID-19. Pero, nuevamente, es menester articular las formas de subvertir, atravesar, horadar –o al menos dar cuenta de la constitución y consolidación de– estos (y de otros potenciales) amurallamientos. La labor –cuando no es posible combatir– implica al menos (d)enunciar las consolidaciones de

los posibles nuevos regímenes de muros. Y es que en evidenciarlos yace la posibilidad de forjar sus grietas, para que se rezumen a través ellas las potencias y emergencias micropolíticas. Es la tarea pendiente, la tarea siempre urgente.

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