Comparación entre los patriotismos de José Martí y José Vasconcelos. Aportes para una filosofía antiimperialista y anticolonialista
Comparación entre los patriotismos de José Martí y José Vasconcelos. Aportes para una filosofía anti-imperialista y anti-colonialista
Óscar Ponce
Resumen:
El presente ensayo consiste en una comparación entre la noción de patriotismo de José Martí y José Vasconcelos. Tiene como objetivo demostrar que en ambos existe un punto de contacto a través de sus posiciones antiimperialistas, las cuales siguen vigentes para Nuestra América. Se hace un breve bosquejo de la evolución del pensamiento filosófico latinoamericano y enseguida se revisan las nociones de patriotismo que figuran en la producción teórica de los dos pensadores y se concluye puntualizando sus convergencias.
Palabras clave:
patriotismo, antimperialismo, anticolonialismo, colonialidad.
This essay consists of a comparison between the notion of patriotism of José Martí and José Vasconcelos. Its objective is to show that in both there is a point of contact through their antiimperialist positions, which are still valid for Our America. A brief sketch of the evolution of Latin American philosophical thought is made and the notions of patriotism that appear in the theoretical production of the two thinkers are immediately reviewed and it is concluded by specifying their convergences. patriotism, antiimperialism, anticolonialism, coloniality.
En este ensayo se abordarán las ideas de José Martí y José Vasconcelos sobre el patriotismo con el objeto de exponer que, para ambos, la noción de patriotismo fue una forma de antimperialismo y anticolonialismo. La pertinencia del presente escrito está justificada por la imperiosa necesidad de combatir la hegemonía cultural, militar y económica a la que Nuestra América ha sido sometida por parte de los pueblos imperialistas y colonialistas. La estructura argumentativa utilizada consistió, primero, en esbozar las características del pensamiento de nuestra América a inicios del siglo XX en contraste con el del siglo XIX. Esta parte tiene como propósito poner un punto de contacto ente ambos pensadores y demostrar que Martí estaba adelantado a su época. Luego, en segunda instancia, se describe el patriotismo martiano, haciendo mención de sus características; y después, como tercer momento, se lleva a cabo el mismo ejercicio de descripción pero ahora con el patriotismo de José Vasconcelos. Finalmente se propone una síntesis donde se comparan las dos posiciones de los autores estudiados.
El pensamiento filosófico de Nuestra América
y la aceptación de la identidad
Posterior a la independencia de nuestra América, el poder político y militar se mantuvo en manos de los criollos. La producción de ideas y la construcción de conciencia continuaron circunscritos a patrones coloniales. Los líderes políticos pensaban desde la colonia, desde los valores del
mundo europeo. Las ideas filosóficas y literarias también estuvieron marcadas por esa especie de conciencia colonial. La transición del siglo XIX al siglo XX trajo una perspectiva diferente, surgió un espíritu intelectual a favor de la identidad de la región. La realidad del indígena y del mestizo fue objeto de reflexión y afirmación. Un último rasgo que va a caracterizar a esta generación es la emergencia del valor del mestizaje y de la reivindicación de lo indígena. Desde el momento de la independencia de España, aunque Bolívar y los demás próceres se levantaban en nombre de todos los habitantes de la hasta entonces Colonia española, el liderazgo político y cultural lo ostentarán siempre los criollos, los blancos hijos de españoles (Beorlegui, 2004: 360). La intelectualidad de nuestra América mostró una ruptura con la tradición del pensamiento del siglo XIX. Ahora la identidad de nuestro continente se construía incluyendo al mestizo y al indígena. Este viraje fue producto de la actitud antimperialista y la comprensión del colonialismo como un sistema de ideas más allá del ordenamiento jurídico-económico y el poderío militar. La tan deseada libertad de estas naciones no se consolidó plenamente porque continuaban en dependencia económica e intelectual de otra potencia. A partir de la premisa de que sólo se puede ser verdaderamente independiente y libre si se es autónomo, se trabajó para alcanzar tal autono-
mía construyendo un pensamiento y una praxis desde nuestra propia condición histórica, social, religiosa y étnica. Tal acción implicó una ruptura con el siglo anterior, dado que la tendencia dominante posterior a la independencia de la corona española fue menospreciar al mestizo y al indígena, y buscar en otra parte de Europa la clave para nuestro progreso y libertad. A lo largo del s. XIX hemos visto ya la tendencia generalizada a considerar al mestizo, al indio y al negro como ciudadanos de segundo orden, o representantes de la «barbarie», frente a la «civilización» que sólo pueden ostentarla los blancos y los inmigrantes europeos (Sarmiento y Alberdi). Pero con la tendencia antiimperialista y anticolonialista se produce una inusitada valoración de lo mestizo y una reivindicación de lo indígena (Beorlegui, 2004: 361) La actividad intelectual de Nuestra América posterior a la independencia de la corona española continuó siendo una actividad colonizada, sin comprender que la autonomía y la libertad se conquistan con la aceptación de la condición ontológica propia, para partir de ella hacia la edificación de un pensamiento que oriente una praxis emancipadora acorde al entorno y condiciones características de la realidad de Nuestra América. Entre el fin del siglo XIX e inicios del siglo XX hubo un cambio de paradigma en la mentalidad de nuestra América. Los filósofos e intelectuales reaccionaron contra ese resabio de la colonia que modelaba la reflexión académica y la praxis
política. El anticolonialismo se renovó y radicalizó. En consecuencia surgió un antiimperialismo, pues el imperialismo conduce al colonialismo, sistema contra el que se luchaba. Este cambio de paradigma implicó una refutación de los modelos epistemológicos, normativas morales, cánones de espiritualidad y prescripciones estéticas provenientes del centro hegemónico. Se cuestionó el filosofar estrictamente en términos eurocéntricos y se repudió la injerencia de Estados Unidos en nuestra América. Este grupo de pensadores que reaccionó contra la colonialidad del pensamiento y de la praxis política era diverso y heterogéneo; sin embargo, existían muchos puntos comunes que los caracterizaban, principalmente su interés por liberarse plenamente de las cadenas mentales y culturales que se habían impuesto desde la colonia. Estos rasgos fundamentales que, en líneas generales caracterizan y aglutinan a esta generación son los siguientes: 1) anti-positivismo; 2) anti-imperialismo yanki; 3) anti-colonialismo de todo tipo; 4) replanteamiento de la identidad latinoamericana, desde un nuevo concepto de hispanidad; 5) emergencia de una valoración de la cultura mestiza, con participación del indio y del negro en la configuración de la nueva identidad latinoamericana. (Beorlegui, 2004: 361) Esta generación, que Beorleguí denomina como la generación de 1900, estuvo conformada por José Rodó, Alejandro Korn, Justo Sierra, Farías Brito, en-
tre otros, quienes propusieron una filosofía emancipadora e inclusiva de todas nuestras diversas tradiciones culturales; en suma, una filosofía que oriente una praxis política con raíces en la propia identidad. En otras palabras, se apeló a una identidad y comunidad de los pueblos que integran nuestra América, contra aquellos que intentan conquistarla, colonizarla y dominarla. Es así que en este grupo de pensadores se advierte una potencial preconcepción del concepto de patriotismo de Vasconcelos, y también algunas coincidencias teóricas con las ideas de José Martí. Esta generación es clave por tres cosas: por comprender la conformación del pensamiento de Vasconcelos, por establecer la conexión entre Martí y Vasconcelos, y por evidenciar que Martí fue un adelantado de su tiempo.
El patriotismo Martiano
José Martí fue uno de los filósofos de fin del siglo XIX; no obstante, resulta difícil encasillarlo con otros filósofos de su siglo por las características de su pensamiento. Beorlegui, al hacer una historia del pensamiento filosófico latinoamericano, atisba en Martí una originalidad tal que le dificulta ubicarlo en el pensamiento decimonónico. Martí se forma en un momento de influencia positivista y krausista de la filosofía latinoamericana, pero no se adhiere a dichas escuelas, más bien se atreve a forjar su propio pensamiento. Esta situación de hallarse en medio de dos influencias es común a muchos otros intelectuales hispanoamericanos, pero la ori-
ginalidad de Martí está en que construyó un pensamiento propio con todas esas influencias, situándose como un adelantado del pensamiento de su época, puesto que en muchos aspectos, como vamos a ver, se puede decir que Martí es un pensador del siglo XX (Beorlegui, 2004: 333). La influencia de Martí es muy fuerte en pensadores posteriores, convirtiéndose en un antecedente de la generación de 1900. El pensamiento martiano comparte todas sus características con tal generación: el anticolonialismo, la afirmación de lo indígena, la redención del afrodescendiente y la valoración de lo mestizo. Abordar el patriotismo de Martí tiene una complejidad similar al abordaje del patriotismo de Vasconcelos, ya que en ambos intelectuales la definición de patriotismo está en constante actualización dentro de sendas narrativas. No obstante, es evidente que el patriotismo martiano surge como respuesta a la percepción de la injusticia cometida sobre nuestros pueblos por una potencia colonizadora. Este patriotismo no está emparentado con los nacionalismos conservadores o con los patriotismos xenófobos. Su génesis radica en la legítima aspiración por la libertad y la justicia en Nuestra América. En su obra “Abdala” (1869), Martí expone una idea central para el patriotismo: el amor a la patria como acción defensiva, rebelde y liberadora: “ El amor, madre, a la patria / No es el amor ridículo a la tierra, / ni a la yerba que pisan vuestras plantas; / es el odio invencible a quien la opri-
me, / es el rencor eterno a quien la ataca” (Martí, 2016: 18). Este patriotismo surge en contraste de los orgullosos nacionalismos eurocéntricos fundados en la conquista y la expansión. El amor a la patria de Martí nace porque ésta ha sido mancillada, no porque sea ella quien mancilla. Por ende, el patriotismo martiano es emancipador y redentor, características que constituyen un atributo resolutivo de su pensamiento. Fornet-Betancourt sostiene que uno de los grandes aportes de Martí a la filosofía es convertirla en un saber resolutivo, esto significa que hace de la actividad intelectual un complemento indisociable de la praxis. Martí se distancia de la filosofía europea porque
ella enaltece el logos como categoría última y
disocia el sentir y la ética del pensar y el conocer. Como resultado, la reflexión filosófica martiana surge de un cuestionamiento ético al orden imperante, cuestionamiento que rompe con el paradigma epistemológico de la independencia del pensar respecto al sentir. (…) me lleva a constatar en Martí una praxis específica de filosofía; que es a su vez, la base que hace posible que en su obra encontremos precisamente una crítica explícita de la filosofía europea. Punto de partida es entonces una comprensión de la filosofía según la cual ésta sería una reflexión que no brota tanto del famoso principio griego del admirarse frente a las cosas del mundo como de la experiencia prác-
tico-teórica del saberse afectado por la realidad. La Filosofía es así un pensar responsivo (Fornet-Betancourt, 2009: 91) El pensamiento martiano unifica en la praxis el saber teorético y la experiencia transformadora. Así, “Abdala” es el símbolo heroico por medio del cual, al ponderar el bienestar colectivo y el imperativo ético sobre el interés personal, se concilia el saber y el sentir. Como consecuencia de lo anterior se exige defender ese bienestar colectivo. La afirmación «Amar a la patria es odiar a quien la oprime» entraña un postulado ético que manda luchar contra cualquier fuerza que amenace el bien colectivo, incluso a costa del propio bien individual. De ello dimana que el amor a la patria se manifieste como una renuncia a sí en favor de un bien superlativo, que se logra con la conjunción de diferentes subjetividades aglutinadas por el mismo ideal ético del bien común. Cada cual se ha de poner, en la obra del mundo, a lo que tiene de más cerca, no porque lo suyo sea, por ser suyo, superior a lo ajeno y más fino o virtuoso, sino porque el influjo del hombre se ejerce mejor y más naturalmente en aquello que conoce, y de dónde le viene inmediata pena o gusto; y ese repartimiento de la labor humana, y no más, es el verdadero e inexpugnable concepto de la patria. (Martí, 2011: 468) El punto de partida del amor a la patria es la legítima aspiración de justicia y libertad, por lo cual el patriotismo es la prolongación de un po-
sicionamiento filosófico en el que se acoplan las dimensiones ética y epistemológica como constitutivas de la condición humana orientando el saber reflexivo hacia el obrar. En la acción se muestra que la responsabilidad individual del bien colectivo es innegable, lo cual supone que la sociabilidad es determinante en la realización de un ideal ético, ergo , la esencia moral del ser humano conduce a la dimensión social del mismo. El pensamiento martiano coincide aquí con el de Aristóteles, en tanto que el ser humano es definido como un ser social cuya naturaleza lo mueve hacia ideales éticos. Se debe agregar que, a diferencia del pensamiento moderno occidental, Martí no disocia la ética de la epistemología, ni el pensar del sentir, ni el saber del actuar; de modo que, en el presupuesto ético que inspira su patriotismo confluye una epistemología fundada en el binomio pensar-sentir. Además, la comprensión de la justicia no es producto exclusivo de la reflexión formal y abstracta, sino que empieza por sentir la realidad, sin que esto devenga en un sensualismo o en hedonismo. De hecho, en el pensamiento martiano lo bueno no es lo inmediatamente placentero, Martí está lejos del utilitarismo y el hedonismo, tiene reservas del individualismo y del egoísmo sobre el que se cimientan. El amor a la patria es una superación de los intereses individualistas, el amor a la patria se vive como conciencia ética que guía la lucha por la comunidad. La salud de quien ama a la patria, está en la patria. La sirven, y se renace. La abandona, y se muere. Algunos pasan vendados por el
mundo, sin conocer, por el entretenimiento del egoísmo, que la patria es nuestra entraña (2011: 18) Cada persona es responsable de la patria, lo que significa que cada individuo tiene el deber de procurar el bien para sus congéneres, por tanto, en cada sujeto hay una carga ético-política que determinará su actuar. Los valores de la modernidad europea que exaltan la individualidad y todo lo referido a ella, el egoísmo, la astucia, el placer, entre otros, no condicen con el patriotismo martiano, pues este concibe la unidad de los seres humanos como requisito indispensable de la justicia y la libertad. En el discurso martiano no hay patriotismo sin fundamento ético. El verdadero amor a la patria es una forma primordial de la conciencia judicativa; en concreto, la búsqueda por la justicia. Como consecuencia de lo anterior se infiere que dentro del argumento martiano la justicia es un valor colectivo, por tanto, superlativo. No puede la justicia realizarse solo para una parte de la humanidad. Por otro lado, este fundamento ético del pensamiento martiano confluye con la contextualidad e historicidad de los sujetos (Fornet-Betancourt, 2009). La patria no está definida por elementos supraempíricos, sino por realidades concretas, históricas e intersubjetivas. Patria es humanidad, es aquella porción de la humanidad que vemos más de cerca y en que nos tocó nacer; y ni se ha de permitir que con el engaño del santo nombre se defienda a monarquías inútiles, religiones
ventrudas o políticas descaradas y hambronas, ni porque a estos pecados se dé a menudo el nombre de patria, ha de negarse el hombre a cumplir su deber de humanidad, en la porción de ella que tiene más cerca. (Martí, 2011: 468) La noción de patria en Martí está ligada a la realidad viva y circundante de las personas, en ella se expresa la dimensión ética y antropológica de su filosofía. Por el concepto de patria se formula una deontología sobre el quehacer político y social. Fornet-Betancourt interpreta que en el discurso martiano hay un imperativo ético inherente al concepto “patria”, y ella sería la última realización de un ordenamiento social de convivencias armoniosas entre diversas subjetividades que se interpelan mutuamente. Finalmente, este concepto de patria está allende las ideas de raza y cultura, y conlleva tácitamente la idea de interculturalidad. “Patria” es, pues, para José Martí, la metáfora que le permite referirse con una sola palabra a ese proyecto ético que, en sus términos, representa “la obra del mundo”, justo en tanto que cumplimiento del “deber de humanidad” con el que el hombre viene cargado al mundo. “Patria es humanidad” representa un imperativo que ordena obrar lo humano en el mundo, esto es, rehacer el mundo como la casa de la humanidad del hombre (Forner-Betancourt, 2012). Martí expresa en la idea de patria una razón utópica, un anhelo por un orden socio-político que per-
mita la concretización real de los derechos fundamentales del hombre sin distinciones de género, religión o etnia. El patriotismo martiano difiere de los nacionalismos eurocéntricos porque, el primero, no excluye a la humanidad, incluso se abre a la misma en toda su diversidad, mientras los segundos excluyen a una parte de esta. Luego, la “patria” no puede tolerar la opresión, pues ello significaría privar a una parte de la humanidad de sus derechos, lo que contradice el fundamento ético del pensamiento martiano. Así, quienes integran una comunidad están llamados a erradicar la injusticia y opresión dentro de su comunidad, esa es la praxis y vivencia del patriotismo. La patria está hecha del mérito de sus hijos, y es la riqueza de ella cuanto bueno haga un hijo suyo, sobre todo si trabaja en lo que ya han trillado otros, y lo de él resulta más útil y completo que lo de sus predecesores (Martí, 2011: 203). Hacer patria significa aportar desde un contexto cultural e histórico a la consecución del ideal de un mundo justo. Por consiguiente, quienes piensan únicamente en el bien propio, quienes realizan una indebida administración del Estado en beneficio de un grupo reducido de ciudadanos perjudicando a la mayoría, son contrarios al ideal patriótico porque no priorizan el bien común. En consonancia con lo anterior, el desprecio por las raíces culturales es antagónico al ideal patriótico porque es una forma de colonialidad. La negación de la herencia cultural es una forma de
opresión, es el triunfo del conquistador que ha despojado de la autoconciencia al conquistado. El ideal de justicia que propone Martí no implica la imposición de un modelo civilizatorio, sino la comunión de las diversas formas y herencias culturales; de ahí la necesidad de combatir el colonialismo de la conciencia que abraza al modelo civilizatorio del opresor. Hay que cargar los barcos de esos insectos dañinos, que le roen el hueso a la patria que los nutre. Si son parisienses o madrileños, vayan al Prado, de faroles, o vayan a Tortoni, de sorbetes. ¡Estos hijos de carpintero se avergüenzan de que su padre sea carpintero! ¡Estos nacidos de América, que se avergüenzan, porque llevan delantal indio, de la madre que los crió, y reniegan, bribones, de la madre enferma, y la dejan sola en el lecho de las enfermedades! (2002: 16) Fornet-Betancourt afirma que el pensamiento martiano tiene elementos que se adelantan a la filosofía intercultural (2009) porque ya existe claridad sobre el valor de la diversidad cultural y un discurso en favor del rescate del saber de los pueblos que han sido oprimidos. El patriotismo toma forma de respeto por la tradición y la herencia cultural; pretender ocultar tales elementos es una autonegación, es desprecio propio. No es conciliable patriotismo y negación de las raíces, esto último implicaría hacer una jerarquía de culturas y razas, tácitamente se admitiría que hay derecho de dominación por parte de las potencias coloniales, porque se despojaría de humanidad a las culturas de menor jerarquía.
Como pensamiento emancipador, el patriotismo martiano no distingue entre razas ni culturas para incorporarlas a la patria, todos los que sufren opresión están llamados a incorporarse a la patria, son la patria, y sus acciones son la garantía de la liberación de ella. En este punto es clara la ruptura que Martí tiene con los filósofos del siglo XIX. Estos pensaron que el rescate de Nuestra América estaba en traer europeos, en erradicar al indio y al mestizo. Martí contradice eso y se manifiesta por una liberación radical de Nuestra América. ¡Estos hijos de nuestra América, que ha de salvarse con sus indios, y va de menos a más, estos desertores que piden fusil en los ejércitos de la América del Norte, que se ahoga en sangre de sus indios, y va de más a menos! ¡Estos delicados, que son hombres y no quieren hacer el trabajo de hombres! (2002: 16) Las figuras del indígena y el mestizo son centrales para la patria. Al ser excluidos y marginados son la principal razón para exigir justicia. La verdadera independencia de Nuestra América, argumenta Martí, se consigue con la redención del indígena, con la reivindicación del mestizo. Simbólicamente es una elección por los oprimidos, un punto en el que se adelanta a la filosofía de la liberación (Beorlegui, 2004). La filosofía de la liberación toma posición consciente por los pobres y marginados, su máxima ética es “la opción preferencial por los pobres”. Martí había expresado tal idea a través de su
reivindicación del mestizo y del indígena. Las desigualdades económicas tienen un correlato étnico: el blanco es el rico y poderoso, los otros somos los pobres y oprimidos. Rescatar las raíces culturales es en definitiva símbolo de la redención de los pobres y oprimidos, que es el fin último del patriotismo.
El patriotismo de José Vasconcelos
José Vasconcelos es un pensador posterior a José Martí y al grupo de pensadores de inicios del siglo XX, por lo que en sus ideas ya están presentes las características señaladas por Beorlegui, pues su formación filosófica incluye elementos provenientes de ese grupo generacional. El antimperialismo, anticolonialismo, antipositivismo y la afirmación del mestizaje y lo indígena. En 1905 concluye sus estudios con la tesis Teoría Dinámica del Derecho, donde expresaba sus ideas contrarias al positivismo y su defensa del individualismo. Ya en este texto se encuentra un inicio de sus teorías posteriores sobre la tensión entre las razas metropolitanas y las razas coloniales. En un primer momento se inclinaba por las primeras, pero posteriormente cambió totalmente su opinión, afirmando que “los pueblos europeos son los bárbaros” y “los pueblos nuevos son los civilizados” (Beorlegui, 2004: 417). El pensamiento de José Vasconcelos afirma la condición mestiza como antecedente de una emancipación real de Nuestra América, acotando que tal condición, dentro de su arquitectura discursiva, tiene un sentido teleológico redentor.
El mestizaje es para Vasconcelos la clave para la salvación de la humanidad. Sólo mediante la incorporación y fusión de las diversas razas, con sus tradiciones y conocimientos se puede rescatar al ser humano, porque en ese proceso de síntesis acaecerá una renovación axiológica. Para Vasconcelos el mundo occidental, con énfasis en Estados Unidos, está corrompido. En su interior los altos valores trascendentales se han perdido, cayendo en una degradación espiritual ingente. Beorlegui arguye que estas ideas han sido el resultado de la lectura de Oswald Spengler, filósofo alemán que escribió La decadencia de occidente (1918), libro en el que censura el devenir cultural y espiritual de Occidente. Vasconcelos estuvo influenciado tanto por las ideas de Spengler sobre la decadencia espiritual de occidente, como por las ideas anticolonialistas y antimperialistas de los pensadores de Nuestra América, que condujeron en algunos casos al ideal de la unidad latinoamericana. Este ideal de unidad Iberoamericana o Latinoamericana constituye uno de los rasgos distintivos de las dos primeras generaciones del siglo XX, en clara oposición a las generaciones del s. XIX. más proclives a imitar a la cultura francesa y anglosajona, y a considerar al “gigante del norte” como un ejemplo a seguir (Beorlegui, 2004: 422) Para el ideal de unidad iberoamericana de Vasconcelos son cruciales las ideas de raza y rescate cultural-espiritual. Ellas constituyen, en su arquitectura discursiva, el inicio para la construcción
del patriotismo. A su vez, este patriotismo tendrá su deuda teórica con la generación de 1900, considerando que busca construirse como pensamiento autónomo, y aunque reconozca la influencia de la herencia cultural europea —especialmente la española—, incorporará al indígena y al mestizo en su discurso. Al igual que en Martí, la contrastación del mundo hegemónico con el de nuestra América es lo que hace germinar el ideal patriótico en Vasconcelos. Quien se ve influido por el posicionamiento de la reflexión filosófica de Nuestra América a inicios del siglo XX, en materia de epistemología y sentido de la historia. Tal influencia es observable en el distanciamiento que tiene de la modernidad europea y el positivismo filosófico. El carácter emancipador que el pensamiento de Vasconcelos comparte con los otros filósofos de la generación de inicio de siglo difiere por su aura teleológica y metafísica, pero preserva la historicidad como categoría de comprensión de la realidad, es decir, como concepto epistemológico primario. Cuando Vasconcelos estudia la dominación del blanco, lo hace desde el horizonte de la historia, revelando su temporalidad finita. Concluyendo que esa dominación terminará en algún momento. Este último [el blanco], después de organizarse en Europa, se ha convertido en el invasor del mundo, y se ha creído llamado a predominar lo mismo que lo creyeron las razas anteriores, cada una en la época de su poderío. Es claro que el predominio del blanco será también temporal, pero su mi-
sión es diferente de la de sus predecesores; su misión es servir de puente. (2019: 5) La construcción narrativa de Vasconcelos afirma la conclusión de una raza como estado superlativo de la humanidad. Las razas actuales, y en especial los blancos, son un puente hacia lo que ha de venir. De hecho el ideal anterior es similar a la explicación de Nietzsche respecto al hombre y el súper hombre. Este último debe realizarse, mientras el primero es un puente hacia el segundo, no es un fin, sino un medio. Al mismo tiempo, manteniendo el uso de la historicidad, valora que la acción conquistadora de los blancos no es totalmente negativa, sin saberlo, la propia civilización europea escribió el fin de su hegemonía. Esta lectura dialéctica de la historia y del porvenir, guarda cierta resonancia con las palabras de Marx cuando hablaba de la formación del proletariado en el seno de la sociedad burguesa. De igual manera, la actividad conquistadora de los blancos genera las condiciones para el surgimiento de una nueva raza que acabará con la dominación de los blancos sobre los otros pueblos. El blanco ha puesto al mundo en situación de que todos los tipos y que todas las culturas puedan fundirse. La civilización conquistada por los blancos, organizada por nuestra época, ha puesto las bases materiales y morales para la unión de todos los hombres en una quinta raza universal, fruto de las anteriores y superación de todo lo pasado (Vasconcelos, 2019: 5).
En este proceso de fusión de razas y generación de un estado superlativo para la humanidad, aquellos que quieren preservar el orden imperante opondrán resistencia. Ante esto, el patriotismo surge como defensa de la misión metafísica que recae sobre nuestros pueblos. Raza y patriotismo se conectan debido a que el proceso de depuración de la nueva raza, el mismo que destruirá la actual hegemonía europea, requiere de un cuidado especial, de una protección de quienes quieren prevenir su emergencia. En consecuencia, La patria se convierte en una burbuja protectora dentro de la cual se gesta la raza cósmica. Sin embargo, por ser un proceso con diversas instancias, las diversas formas de actuar deben estar en consonancia con la etapa histórica que se vive: “Para no tener que renegar alguna vez de la patria misma es menester que vivamos conforme el alto interés de la raza, aun cuando éste no sea todavía el más alto interés de la humanidad” (Vasconcelos, 20019: 8). Por ende, la superación de las razas anteriores y el surgimiento de una última y definitiva va a necesitar una reivindicación de las culturas que fueron mancilladas por los blancos. El patriotismo propuesto por Vasconcelos incluye los elementos culturales de las diferentes razas que cohabitan Nuestra América. Así, este patriotismo debe construirse sistemáticamente en toda producción intelectual, moral y espiritual, esto significa rescatar constantemente las herencias culturales de nuestros pueblos, y no permitir que el modelo civilizatorio occidental moldee nuestra producción cultural.
Vasconcelos diagnostica que la educación recibida en nuestros pueblos es antagónica a nuestro ethos . El modelo civilizatorio occidental ha desplazado las formas culturales autóctonas y con ello introducido modos de ser en el mundo que favorecen la preservación del estado de sumisión de nuestros pueblos: Nosotros hemos sido educados bajo la influencia humillante de una filosofía ideada por nuestros enemigos, si se quiere de una manera sincera, pero con el propósito de exaltar sus propios fines y anular los nuestros. De esta suerte nosotros mismos hemos llegado a creer en la inferioridad del mestizo, en la irredención del indio, en la condenación del negro, en la decadencia irreparable del oriental. (2019: 29) En la educación descrita la cultura impuesta es la forma en la que el blanco preserva su hegemonía. El poder militar y el control económico son complementados con el adoctrinamiento, con la domesticación por medio de los patrones culturales, los discursos académicos y las normas morales de los blancos. Como efecto evidente se cultiva el desprecio por lo propio y la admiración hacia lo blanco. El patriotismo sirve en este caso como medida de contrapeso ante la dominación por medio de las ideas y la cultura. Ergo, hay en el patriotismo un potencial redentor y liberador, no es construido como resultado del orgullo y la vanidad de un pueblo, sino como necesidad de liberación de nuestra América en función de una misión universal.
Francisco Larroyo afirma la pertinencia de lo observado por Vasconcelos respecto a la deformación cultural de nuestra América, apuntando que la actitud latinoamericana ha sido de consumidora de ideas, y no como productora de las mismas, truncando nuestro crecimiento y emancipación: “(…) en efecto, se ha llegado a un extremo: aceptar con actitud tímida, dócil, humillante, ideas de nuestros enemigos, que, como es comprensible de suyo, afirman y exaltan sus propios intereses en perjuicio de las nobles aspiraciones de Iberoamérica” (2005: 15). En contraposición a tal situación, Vasconcelos
propone una recuperación de nuestro ethos au-
tóctono en función de la raza cósmica por venir. Esta propuesta, marcada por un fuerte teleologismo, conduce a la exaltación del mestizaje. Este último es la culminación racial y cultural de un largo proceso histórico de mejora continua de la humanidad. Por todo lo anterior, el patriotismo es una necesidad en nuestra América, porque protege el surgimiento de este nuevo estado de la humanidad. Aunque el advenimiento de esta raza cósmica está amenazado por los intereses de las potencias coloniales. Es así que el patriotismo en Nuestra América se transmuta de una necesidad en un imperativo metafísico-político. En tanto que parte de un determinismo de la historia y una fundamentación estética- metafísica, el patriotismo está llamado a reivindicar las voces acalladas en nuestro pasado y recuperar los altos valores transcendentes despreciados por occidente, dicho lo anterior, el patriotismo se construye desde la más profunda tradición
histórica y cultural, pero no como discurso improvisado: La civilización no se improvisa ni se trunca, ni puede hacerse partir del papel de una constitución política; se deriva siempre de una larga, de una secular, preparación y depuración de los elementos que se transmiten y se combinan desde los comienzos de la historia (Vasconcelos, 2019: 8). El fundamento del patriotismo está en la historia. No puede existir como producto sin pasado, como novedad espontánea, mas sólo puede ser si se recobra cada fragmento de la historia y cada herencia cultural que participa del mestizaje. Además, la herencia indígena y su legado cultural son pilares centrales del patriotismo de nuestra América. La herencia indígena resalta, se exhibe, sin temores en el verdadero patriotismo. Un falso patriotismo trataría de ocultarla, de minimizarla, tal como aconteció como los filósofos del siglo XIX (Sarmiento, Alberdi) que menospreciaron lo indígena y lo mestizo para alabar lo blanco. Aquí Vasconcelos coincide plenamente con la generación de 1900 en rescatar lo indígena y lo mestizo, afirmando su valor para el presente y el porvenir: Por eso resulta tan torpe hacer comenzar nuestro patriotismo con el grito de independencia del padre Hidalgo, o con la conspiración de Quito; o con las hazañas de Bolívar, pues si no lo arraigamos en Cuauhtémoc y en Atahualpa no tendrá sostén (2019: 8)
La confluencia entre las tradiciones culturales diversas acaece en el mestizaje junto con la comunión racial. El patriotismo es el medio para procurar la realización plena del mestizaje porque rechaza las ideas impuestas sobre la superioridad del blanco y su cultura. Esto implica la valoración justa de cada tradición cultural, sin menosprecio por lo indígena. En el mestizaje los legados espirituales y culturales dialogan y se fusionan, de la misma forma en la que rasgos fenotípicos se mezclan. En este punto, la influencia de Nietzsche es fácilmente detectable. Primero, por lo expuesto con antelación sobre el estado superior de la humanidad; segundo, porque el mestizaje es también la ruptura con los antiguos valores y la creación de unos nuevos, es la instauración de una nueva tabla de valores (Arpini,1987). La raza cósmica es comparable, como concepto, al súper hombre de Nietzsche, en tanto que son creación de nuevas normas, de nuevas formas de ser en el mundo. El filósofo mexicano Francisco Larroyo al estudiar la obra de Vasconcelos comenta que: La quinta raza, fecundo renuevo de la humanidad, creará sobre la tierra una civilización inédita en las márgenes del Amazonas y erigirá sobre la tierra una nueva ciudad: “universópolis”, desde la cual aviones y ejércitos irán por todo el planeta educando a las gentes para su ingreso a la sabiduría (2005:15). La narrativa de Vasconcelos concibe que el patriotismo es un medio, una herramienta, no un
fin en sí. En efecto, en el estado superlativo de la humanidad se llegará a un internacionalismo pleno. El advenimiento de la raza cósmica obliga a fomentar el patriotismo como una forma de defensa, ante la amenaza constante de las potencias imperiales y coloniales en las que priman el interés privado sobre el colectivo. Vasconcelos y Martí: Encuentros y
desencuentros
Expuestas las formas en que los dos pensadores entienden el patriotismo, se observa que Martí difiere de Vasconcelos en el determinismo histórico, para el filósofo mexicano existe una finalidad en la historia que mueve hacia la generación de una raza cósmica. Este concepto, como se explicó con antelación, está cargado de un teleologismo metafísico, además de contener tácitamente un esencialismo antropológico. El determinismo histórico no figura en la narrativa martiana, como tampoco lo hace el fundamento metafísico, ni hay un esencialismo antropológico escondido en su discurso. En la narrativa martiana se identifica una razón utópica, en tanto que plantea la posibilidad de una transformación sustancial de las condiciones de opresión e injusticia. Existe también otra diferencia fundamental es la perspectiva racial. Si bien para ambos es impensable el patriotismo sin incluir al indígena, al mestizo y al afrodescendiente, para Vasconcelos el mestizaje es una fase superior de la humanidad; de allí sigue que el final de la historia es una homogeneidad étnica y cultural. En cambio, para Martí, la diversidad es vital, no ve en el mestizaje
la única salida al problema de la dominación de nuestra América. Como se sostuvo antes, el pensamiento martiano posee elementos comunes con la filosofía intercultural, de manera que la homogeneidad cultural y racial anularía la diversidad, lo que implicaría imponer un canon epistemológico, antropológico y cultural. En primer lugar, ambos concuerdan en que el patriotismo emerge como contraposición a la dominación e injerencia extranjera. El anhelo de independencia real, común en sendas figuras del pensamiento de Nuestra América, conduce a la exaltación de la condición propia. Coinciden el cubano y el mexicano en hacer de la reivindicación del indígena, del mestizo y del afrodescendiente, la condición previa y necesaria para la emancipación real de nuestra América. Por lo anterior, se deduce que el patriotismo de estos pensadores posee un matiz antiimperialista y anticolonialista. Martí aclara plenamente este carácter en la obra “Abdala” —véanse las citas textuales de ese libro en este ensayo—; al mismo tiempo, Vasconcelos deja ver en La raza cósmica su ideal patriótico. Otro punto común entre ambos es la prioridad que le conceden al bienestar de la colectividad sobre el bien privado. Sus formas de patriotismo reclaman el sacrificio personal en aras de la consecución de valores transcendentes. El bien, la justicia y la libertad adquieren sentido si se aplican a la totalidad de seres humanos, por eso su construcción de amor a la patria busca restablecer dichos valores para la colectividad.
También, comparten la idea del patriotismo no como un fin en sí mismo, sino como una herramienta para lograr un fin superior, un ordenamiento de la humanidad con sentido ético. Tanto el intelectual mexicano como el cubano coinciden en que la humanidad es el máximo interés posible, el patriotismo es una respuesta para aquellos que quieren dividir la humanidad por intereses individuales. La vigencia de Martí y Vasconcelos radica en la propuesta de rescatar las tradiciones propias para gestar una real liberación de nuestro continente. El patriotismo de ambos es un imperativo antiimperialista, siendo esta la actualidad del mismo, pues la injerencia extranjera, la dependencia económica y la amenaza militar siguen estando presentes en nuestros pueblos, por eso es una obligación forjar patriotismo. “El estado actual de civilización nos impone todavía el patriotismo como una necesidad efectiva de defensa de intereses materiales y morales, pero es indispensable que es patriotismo persiga finalidades vastas y trascendentales” (Vasconcelos, 2019: 8).
Bibliografía
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