La cocha de los libros: Un regalo inesperado
La cocha de los libros: Un regalo inesperado
Juanjo Fernández
Escribo el día de Reyes, el seis de enero, durante la fiesta del año que más me gusta. En ella solíamos reunirnos toda la familia en torno a una escultura de mi padre customizada para la ocasión con barba de algodón y corona de cartón alrededor de la cual dejábamos los regalos; nos levantábamos con la ilusión de niños a abrirlos y sentarnos juntos después a desayunar el roscón. Lo sigo haciendo, es una ocasión para compartir, para que haciendo felices a los otros a través del regalo seamos felices nosotros mismos. Compartir. Parece que hay consenso en que si la especie humana ha alcanzado la cumbre de la pirámide en el planeta es por su capacidad colaborativa, de asociarse unos individuos con otros para alcanzar un fin, primero el de su propia supervivencia, ahora… ahora qué sé yo. No sólo la especie humana colabora; las hormigas, las abejas, los ñus, desarrollan su vida en comunidades y basan su supervivencia en el grupo, sea colmena o manada, pero los humanos hemos contado también con la contribución del individuo para crecer como sociedad. Genios en las ciencias y en las artes que han ido elevando
con sus ideas y obras la posición de la humanidad con respecto al resto de especies, y generación tras generación se han ido enriqueciendo y perfeccionando. Ideas y obras que son producto de la capacidad de elaborar un pensamiento abstracto propio de los cromañones, algo que según los expertos nos permitió sobrevivir a los neandertales, más fuertes e igual de inteligentes y habilidosos. De las paredes de la cueva a los chips, la nube, pasando por pipetas de laboratorio, lienzos, partituras, páginas de libros… Compartir, colaborar, crear, libros. Escribo todo esto porque me pidieron un artículo sobre La Cocha de los Libros, una iniciativa que comencé hace cinco años (creo, ya no recuerdo el momento exacto) con el propósito de llevar libros donde no pudieran llegar. De este modo, durante todo este tiempo he recibido miles de libros de donaciones que he distribuido por comunidades en la selva, prisiones, bibliotecas públicas y privadas y cualquiera que me los pidiera para compartir con sus vecinos. Y me ha hecho y me hace enormemente feliz. Poco más he de decir.
Pero entiendo la curiosidad encerrada en la petición de Ángela y Lucho de este texto. La Cocha de los Libros fue en un principio una reacción de indignación, de rebelión: un diario madrileño me ofreció una ridiculez por el pago de un reportaje realizado en el interior de la selva, un trabajo que requirió de un esfuerzo económico, físico y emocional invisible para unos editores acomodados en su mesa de trabajo. “Para regalar o malvender mi trabajo lo haré a quien lo necesita y no a quien no sabe ni defender el precio de la acción de su empresa” fue mi pensamiento. El primer paso en dirección a La Cocha fue por tanto una renuncia, un paso atrás, un salto al vacío tras treinta años dedicado al oficio del fotoperiodismo. ¿Qué podía hacer para compartir mi situación privilegiada? Porque viajando por los ríos aprendí lo afortunado que soy, y esa es una lección nada fácil de aprender en estos tiempos de consumismo e individualismo atroz. Sólo por eso estaba en deuda con tantas mujeres y hombres que me acogieron y confiaron en mí al contarme sus historias. No soy médico, ni ingeniero, ni abogado, ¿qué hacer para ayudar a esas buenas gentes? Amo los libros, crecí entre ellos y son responsables en gran parte de que sea como soy. Imaginé como conseguirlos a partir de la experiencia de otros locos maravillosos, Giovanni Marrozzini, Javier Gamboa, Rosario Obregón, Eddy Ramos, Josefina Jiménez; y luego aprendí como llevarlos, no hay maestría en cooperación en la que hubiera aprendido tanto; y a entregarlos, eso es ya materia de doctorado. Eso hice.
La Cocha de los Libros ha sido para mí el obsequio inesperado que Gaspar, Melchor y Baltasar me tenían reservado en secreto, porque jamás imaginé que recibiera tanto dando. A partir de la creación de La Cocha he expuesto en alguna de las principales salas de Lima, he vendido mi obra fotográfica en las subastas del MALI, he publicado en editoriales de prestigio… Sé que nada de ello habría sucedido sin La Cocha, sin el aparente paso atrás que supuso la renuncia a lo que había sido mi vida hasta entonces. Pero lo más importante, he entendido que la fortuna no vale de nada si no se comparte, y que cuando se hace pasan dos cosas maravillosas, la primera es que la disfrutamos, la segunda es que llega más. Feliz día de Reyes compartiendo para todos.
Autores y autoras
Iquitos
Juanjo Fernández
2019