Año 1, Nº 1 (2021) · Dossier · pp. 49-62

Un satélite olvidado en órbita (O una nota a pie de página en la historia de la recepción martiana)

Sánchez Aguilera, Osmar

Formatos: PDF · pp. 49-62 Resumen y metadatos

Un satélite olvidado en órbita

(O una nota a pie de página en la historia

de la recepción martiana)

Osmar Sánchez Aguilera

El encuentro casual de un estudio pionero sobre la obra literaria de José Martí y la ausencia de referencias al mismo en la recepción martiana estimularon este artículo. ¿Cómo fue leído el escritor cubano y en particular su obra literaria hasta finales de la década de 1920 en Cuba? ¿Cuántos de los hallazgos y maneras de leer a Martí que desde hace medio siglo pueden parecernos permanentes a fuerza de naturalizados vienen moldeándose desde las primeras décadas del siglo XX, si es que no antes?

Estudios martianos, Raimundo Lazo, historia de la recepción martiana, antigüedad de algunas novedades.

The chance meeting of a pioneering study on the literary work of José Martí and the absence of references to it in the reception of Marti stimulated this article. How was the Cuban writer and in particular his literary work read until the late 1920s in Cuba? How many of the findings and ways of reading Martí that for half a century may seem permanent due to naturalization have been shaping since the first decades of the 20th century, if not before? Martí studies, Raimundo Lazo, history of Martí reception, antiquity of some novelties.

A la memoria de Franyutti e Hilda,

garantes, quizá sin saberlo, de mi familiaridad

en México y con México.

Todo libro, sépalo o no, es portador de, cuando menos, dos historias: una, la concentrada en sus páginas (o interior); y otra, la que le van añadiendo a lo largo de su vida sus usos o usuarios (la historia exterior). Mientras que la interior se va haciendo pública en dependencia de la fama que pueda ir adquiriendo esa historia, la exterior se va haciendo indisociable del libro, aunque sea en un solo ejemplar o en unos pocos, según la calidad (no sólo intelectual) y aun la cantidad de los lectores que lo han tenido en sus manos antes que nosotros. Desde luego que podrían añadirse muchas otras historias, si se consideran todos los eslabones que median entre la puesta a punto del original del libro en la mesa de su editor y la llegada del mismo a sus lectores; pero aun esas otras podrían adscribirse a la segunda modalidad de tales historias: las que van más allá del contenido temático, también las definitorias, las más de las veces, al momento de decidir la suerte (conservación, donación, cesión) de uno u otro. Acude a mi memoria esa caracterización del libro basada en las varias historias previstas e imprevistas de que suele ser portador este, a propósito de uno recién hallado (o reaparecido) en la biblioteca de casa, un libro valioso, sin lugar a duda, por lo que respecta a su contenido temático –y a la antigüedad de ese contenido--, pero

no menos por el valor afectivo que le aporta el haber formado parte del acervo bibliográfico de la persona que me lo cedió. El libro se titula Martí y su obra literaria , de la autoría del profesor y polígrafo cubano Raimundo Lazo (1904-1976). La persona que me lo regaló, en una de las varias y siempre familiares tertulias sostenidas en su biblioteca-estudio, fue el médico mexicano y muy destacado estudioso martiano Alfonso Herrera Franyutti (1930-2016), autor a su vez de varios títulos que podrían reducirse a uno solo en sucesivas ediciones mejoradas: Martí en México. Re-

cuerdos de una época (1969, 1996, 2007), además

de tener a su haber la localización en archivos y acervos hemerográficos de primeras ediciones de varios textos martianos muy valiosos. Muy difícil de hallar por la fecha de su publicación (¡1929!) y por no haber sido vuelto a editar, el regalo de Martí y su obra literaria era doble -aunque en ese momento quizá el Dr. Franyutti no lo supiera-, por cuanto yo ni siquiera estaba al tanto de su existencia. Y a juzgar por la nula mención de ese título entre estudiosos del heroico escritor cubano desde la segunda mitad del siglo XX y lo que va del XXI, me queda claro que ese desconocimiento está mucho más extendido. Como botones de muestra,

baste saber que ni en la minuciosa Valoración

Múltiple de José Martí publicada por Casa de

las Américas (2007), ni en la exhaustiva historia de la recepción de la obra martiana preparada por Ottmar Ette (1995, en castellano) he hallado rastros de ese libro. La Dra. Ana Cairo no lo menciona en la introducción de su antología,

ni el Dr. Ette deja señal alguna de haberlo conocido a lo largo del laberíntico entramado a pie de página de su monumental historia. Sí estaba al tanto de que Raimundo Lazo se había ocupado de José Martí en más de uno de sus libros correspondientes a las décadas de 1960 y 1970 (sobre historia de la literatura hispanoamericana, o el romanticismo en Hispanoamérica, o la teoría de las generaciones), publicados mayormente por la mexicana editorial Porrúa; pero no de ese libro específico que, en el supuesto caso de que no tuviera otro mérito intrínseco, empezaba a revelarse valioso ya por su publicación en fecha tan temprana para la historia de la recepción de este escritor como 1929, cuando el rescate de la obra martiana empezaba a figurar como novedoso objetivo axial de proyectos intelectuales interesados en el recobramiento de la todavía incipiente República cubana, como lo

ilustran ampliamente la revista de avance (sub-

título de 1927 , 1928 , 1929 y 1930 ), todo un semillero de exégetas y comentaristas martianos entre los que descollaron Jorge Mañach y Juan Marinello; y antes, la Universidad Popular José Martí, fundada en 1923 por Julio Antonio Mella. Para entonces no sólo había entrado en circulación la primera edición de las obras completas de Martí --preparadas por su discípulo, secretario político y albacea de facto Gonzalo de Quesada y Aróstegui (1868-1915), 1 quien logró publicar sus quince tomos en un lapso de casi 1 Un recuento breve de la conversión de Gonzalo de Quesada y Aróstegui en persona de la mayor confianza para José Martí puede verse en Sánchez Aguilera (2015).

veinte años a partir de 1900--, sino también algunas biografías y antologías, dentro y fuera de Cuba, como esas mismas obras completas. Dos años después de la tesis doctoral que sirvió de base al libro de Raimundo Lazo, y uno antes de publicado el libro, Juan Marinello, en 1928, había dedicado un volumen en exclusiva a la poesía martiana, y hasta había polemizado con Raúl Roa sobre el tipo de novedad aportado por esa poesía. Ese volumen, a su vez, estaba relacionado con la antología de 1926 La poesía moderna en

Cuba , que delimitaba su hito inicial precisamen-

te con Martí. En ondas concéntricas más individuales o alejadas de esos proyectos grupales, por esos mismos años, y también poco antes, Emilio Roig de Leuchsenring, Fernando Ortiz y Regino Boti habían estado participando de ese interés por el incipiente clásico. De modo que la tesis doctoral y el libro de Raimundo Lazo afloraban sobre terreno abonado. 2 A casi un siglo de su publicación, cualquier somero repaso de los rasgos más sobresalientes de ese libro supondría, junto con la ineludible escala en la historia de la recepción del más universal de los cubanos (escritores o no), un recorrido breve por alguna historia general de Cuba y aun de la 2 Dos muestras adicionales de ese abono, más allá del ámbito estrictamente intelectual, vienen dadas por el establecimiento oficial del 28 de enero (natalicio de Martí) como día de fiesta nacional, y la reconstrucción por primera vez de la ruta seguida por Martí a su arribo a Cuba en 1895 entre Playitas, punto de desembarco, y la desembocadura de Dos Ríos, donde murió. Ambas muestras corresponden al año 1922. Constancias adicionales de ese temprano abono de la devoción martiana dentro de Cuba pueden hallarse en la historia de la recepción martiana que reconstruye el Dr. Ette.

Habana, como lo anticipa la ficha de su edición: Habana / Imprenta y Librería “La Propagandista” / [sita en la calle] Máximo Gómez números 87 y 89, locales contiguos que no es difícil imaginar dedicados el uno a la imprenta y el otro a la librería. Muy céntrica ya desde la época colonial, la de ese negocio es una de las calles habaneras cuyo antiguo nombre ha sobrevivido en una de sus partes a otros más recientes, porque, en su caso, la población ha preferido seguirla llamando, todavía hoy, “calle Monte”, misma que el poeta Eliseo Diego terminaría por consagrar en la poesía cubana desde el título de uno de sus cuadernos más esplendorosos: En la calzada de Jesús del

Monte (1949).

Con prólogo del por entonces muy reconocido catedrático matancero Dr. José Antonio Rodríguez García (1864-1934) en el que pueden leerse observaciones muy significativas como, por

ejemplo, que “Martí era poeta, gran poeta, aun

prescindiendo de la versificación ” (énfasis mío),

o que “con todo lo que se ha escrito y hablado de Martí, los más le desconocen, excepto en su labor revolucionaria”--, y con una “Nota preliminar” en la que el autor del libro anticipa que “si algún mérito podemos anotarnos, es el de la idea que nos animó al escribirlo: estudiar a Martí de modo distinto de cómo ha sido estudiado generalmente hasta ahora: en discursos de ocasión, artículos de efemérides patrióticas y prólogos de antologías”, con lo cual habría buscado sumarse a “otros propagadores de sus ideas y mantenedores de su memoria” en el esfuerzo de “impedir que en plena era republicana hubiera llegado a

ser completamente desconocida la obra del pri-

mero de los fundadores de la República”, Martí

y su obra literaria está compuesto, además, por

“Introducción”, 8 capítulos y “Conclusión”. Tales capítulos son, en ese mismo orden: “El hombre”, “El poeta”, “El orador”, “El prosista”, “El novelista”, “El moralista”, “El crítico literario” y “El precursor del modernismo”. Comprensible el capítulo inicial, en tanto guía para orientar acerca de la biografía (no sin cierto dejo hagiográfico) y la trayectoria intelectual del escritor estudiado, llama la atención la jerarquía insinuada entre los diferentes géneros literarios (o paraliterarios) en que se subdivide la producción textual martiana: la poesía sobresale sin lugar a duda (además de por su sitio en la secuencia, por el número de páginas, mayor incluso que el del capítulo primero). La preeminencia numérica y secuencial concedida a “el poeta” en el corpus textual de la obra martiana puede explicarse al trasluz de una afirmación axiomática: “Fue Martí demasiado grande para no haber sido poeta” (Lazo, 1929: 80) Pero sólo ella, la poesía, puede desplazar a la oratoria: por encima de otros géneros más asociables con la literatura desde nuestro horizonte, como la crónica o el ensayo, habría estado ese otro cada vez más disociado del ámbito literario en la medida en que fue perfilándose el siglo XX. 3 La jerarquía otorgada a la oratoria, sin 3 “Género odioso si los hay” lo calificaría pocos años después Gabriela Mistral, en el mismo ensayo en que lamentaba: “Yo llegué tarde a su fiesta y una de mis pérdidas de este mundo será siempre la de no haber escuchado el habla de Martí” (Mistral, 1960: 25-26).

embargo, se comprende, porque, encima de haberla cultivado de manera sobresaliente a juzgar por “el testimonio de los contemporáneos que pudieron escucharle” (91), fue ese “el más poderoso [medio] que [Martí] pudo emplear para laborar por el triunfo de la causa revolucionaria que fue causa suprema de toda su vida.” (83). Desafortunadamente, “no se conserva sino una pequeña parte de toda esa labor oratoria” (90), y de ella no podemos conocer sino lo que pueda captarse a través de la sola lectura, toda vez que la voz de Martí no quedó registrada. El ya histórico favorecimiento del valor artístico de la prosa con respecto al de la poesía cuenta en Martí y su obra literaria con uno de sus primeros testimonios: “Si en poesía (...) se distinguió por una hermosa independencia artística, como prosista es, más que un precursor, un decidido y consciente ejecutor de las ideas de renovación y de libertad de la literatura contemporánea” (104). Idea esta de la que se muestra muy convencido: En la prosa fue un renovador, más que en poesía, y si vamos a darle un nombre determinado a la renovación que realizó, modernismo podremos denominarla; pero fue un modernista a quien la genialidad y el modernismo no le estorbaron para ser un escritor sereno, sano, normal, sin morbosas excentricidades y sin rarezas inexplicables. (113-114) Al trasluz de esa visión del modernismo (“morbosas excentricidades”, “rarezas”) se entiende la

inconsistencia que supone situar a Martí como precursor de ese movimiento --según lo anticipa el título del último capítulo--, luego de reconocerle tal potencial renovador a su escritura en prosa; o su solución conciliatoria de ubicarlo, un poco a regañadientes, como “un premodernista” (121). Curioso es el sesgo o desvío que supone aquella visión de ese movimiento literario surgido en las dos o tres décadas finales del siglo XIX en Hispanoamérica, cuando se conoce la manera en que Raimundo Lazo lo caracteriza: nos parece que no hace falta aquí que expliquemos que el modernismo no puede considerarse como denominación de ninguna escuela literaria determinada, sino más bien como la expresión, por necesidad vaga e imprecisa, con que se denomina un amplio movimiento de renovación artística, dentro del cual caben y se admiten las más opuestas tendencias (121) 4 . Muy vigente, a casi un siglo de formulada, es esa caracterización del modernismo -en la que resuenan precursoramente ecos de las de Federico de Onís o la de Juan Ramón Jiménez- como un movimiento de renovación artística amplio y heterogéneo, en vez de como una “escuela literaria determinada”, que sería la prevaleciente aún 4 En el capítulo final Raimundo Lazo lleva esa definición más allá de la literatura: “amplio y profundo movimiento de renovación de la Literatura y del Arte en sus distintas manifestaciones, originado como consecuencia del carácter y las necesidades de la vida moderna” (155). Sin embargo, lo hace nacer en Francia, donde lo vincula con escuelas o corrientes como el parnasianismo, el simbolismo o el decadentismo que no habrían sido sino expresiones particulares suyas.

décadas después. Confirmación extra de su asociación de esa renovación artística con la prosa martiana, más que con su poesía, es que la disertación sobre el modernismo se concentre, no en el capítulo dedicado a “el poeta”, sino en el de “el prosista”. Tal vez la imprecisión o indecisión de Raimundo Lazo con respecto a la adscripción de Martí al modernismo (“precursor”, “premodernista”, modernista pleno) se deba también a que mientras que la mayor renovación practicada por Martí como escritor se habría concentrado en la prosa, la imagen establecida por entonces ceñía “la revolución modernista” (148) a la poesía. De especial mérito también en ese capítulo resulta el juicio que le merecen las “crónicas norteamericanas”: “uno de los estudios más desapasionados, pintorescos y profundamente analíticos del pueblo norteamericano que se han publicado en nuestra lengua” (120). Si pudiera extrañar un poco la delimitación de un capítulo para “el prosista”, habida cuenta de que todo el corpus textual martiano que no está en verso abonaría en automático la prosa -a la que corresponden lo mismo la novela, las crónicas periodísticas, la correspondencia epistolar 5 , los cuentos de La Edad de Oro que los artículos, reseñas, notas, prólogos y ensayos que acreditan a Martí como crítico literario-, la sorpresa está garantizada con la asignación de un capítulo (aunque sólo sea de cuatro páginas) para “el no5 Faceta que también hubiera ameritado capítulo propio, aun si no se coincidiera con Unamuno (1919) en que esas cartas, “llenas de íntima poesía”, son “superiores a sus discursos” ( Valoración Múltiple de José Martí , tomo II: 58).

velista”, cuando se recuerda ya no lo muy escasa y hasta azarosa que fue la contribución de Martí a ese género ( Lucía Jérez , o como apareció titulada inicialmente: Amistad funesta ), sino la reticente opinión que tuvo él del mismo: “No creas, mi hermana Amelia, en que los cariños que se pintan en las novelas vulgares, y apenas hay novela que no lo sea, por escritores que escriben novelas porque no son capaces de escribir cosas más altas -copian realmente la vida, ni son ley de ella” ( Epistolario , I: 224). Aún mayor extrañeza sobre la razón de ser de semejante capítulo ocasiona saber que no se trata

de que Lazo perciba mayor mérito en Amistad

funesta , como se titula la novela en su primera edición conjunta, ya como libro: “ni por su carácter ni por su extensión fue suficientemente importante lo que produjo en este género.” (127) Y luego, esa única incursión novelística de Martí presenta, a la luz de su comentarista, deficiencias de peso como que es “poco preparado [su] desenlace” (129), o que su “argumento es tan sencillo que más que una novela propiamente dicha (...) parece un simple relato novelesco sin complicaciones de ninguna clase” (128), o que “la situación final (...) parece surgir forzada e inexplicablemente” (129). A un prurito de profesionalidad habría que atribuir entonces la consideración particularizada de esa novela “que [para colmo] no es cubana ni por el ambiente ni por los personajes [por lo que tampoco] corresponde incluir en la historia de nuestra novela genuinamente nacional” (127). No por discutible está de más conocer ese último comentario.

Observación más promisoria es la de asociar esa novela con Versos libres “Juan Jerez no es Martí, sino el ideal de Martí, un su ideal prototipo de bondad, valor e inteligencia como el Homagno de sus versos...” (129), por la ayuda que puede prestar en el propósito de establecer el período de producción de esos versos, el cual, evidentemente, supera con mucho el de 1878-1882, consensual entre sus estudiosos hasta la edición crítica de 1985. Mientras que así procede con la faceta de novelista de su escritor, el recién titulado Doctor en Filosofía y Letras se muestra muy discreto con la faceta de dramaturgo, a pesar de las varias contribuciones prácticas y teóricas de Martí a este género, sobre todo durante la década de 1870. Ciertamente, ¿por qué no un capítulo para la producción teatral martiana, si se ha dedicado ese otro para la novela? Ya esperar un capítulo para el traductor que fue también el grafómano cubano (Marinello dixit) hubiera sido bastante anacrónico en la tradición de los estudios martianos a inicios del siglo XX. Precisamente en ese capítulo Raimundo Lazo menciona esa faceta cada vez más valorada en la producción intelectual de quien desde muy joven se había ocupado de trasladar directamente al castellano obras de Víctor Hugo, de Ralph W. Emerson, de Helen Hunt Jackson, de Longfellow, de Thomas Moore, entre otros. A “traductor de novelas norteamericanas” (127) lo reduce, y explica que no se ocupa de esa faceta porque su estudio, que sospecha “largo y fatigoso”, sólo llevaría a “demostrar lo que ya sabemos: el cono-

cimiento profundo que poseía Martí tanto de la lengua española como de la lengua inglesa, y su condición de escritor hábil y de buen gusto que le permitía hacer, más que una versión, una favorable reconstrucción de la obra traducida (...)” (127-128). La segunda conclusión intuida, no puede negarse, resulta muy acertada. Digno de un capítulo aparte le pareció al Dr. Lazo el sustrato filosófico del pensamiento de Martí. Y de ello se ocupa en el que prefiere titular “El moralista”: “siempre bella y espontáneamente expuesta, existe y fácilmente podemos encontrar una filosofía honda y original y una luminosa y severa moral práctica en la obra de Martí.” (133) Justo ahí, en “la tendencia filosófico-moral [se localiza] una de las características fundamentales de toda la obra literaria de Martí.” (137) Sin embargo, “no puede decirse que constituyó Martí un sistema filosófico determinado”, pues “ni su carácter ni las circunstancias que influyeron en su vida permitieron que ahondara cada día más en la consideración de esas cuestiones trascendentales, ni llegó a la edad más apropiada para la sistematización y el ordenamiento de las ideas filosóficas.” (133-134) Situado ante la hebra de la historia de la recepción martiana constituida en torno a la plena consumación o no del potencial literario del heroico polígrafo, el autor de Martí y su obra literaria va a ponerse del lado hasta hoy más frecuentado: el de quienes han concluido que sus circunstancias vitales y sus compromisos políticos no favorecieron el despliegue cabal de ese potencial:

En éste como en otros campos de la actividad intelectual, las circunstancias que influyeron en su vida estorbaron que el genio llegara en vuelo firme y sostenido hasta cumbres más altas; pero, si como él decía, “es digno del cielo quien pretende escalarlo”, cuán favorable no ha de ser el juicio que debemos hacer de su obra que representa, no ya un intento, sino un bello, gallardo y poderoso esfuerzo por llegar hasta las más altas cimas de la Filosofía (138). Muy similar es su explicación a propósito de la no consumación o culminación del potencial en “el crítico literario” Martí. También ahí, según el estudioso, Su vida inquieta, movida, combatida, se deslizó vertiginosamente en pos de sublimes ideales sin que tuviera nunca el momento de sosiego, tregua prolongada en medio de tantas luchas, que permitiera a su espíritu privilegiado ofrendar toda su dedicación a las pacientes empresas de los estudios literarios (142). Entre los rasgos que, según el Dr. Lazo, habrían caracterizado a Martí como crítico literario destacan: a) haberse inspirado únicamente en el amor a la belleza y no en escuelas literarias (143); b) haber sido un declarado “partidario de la más amplia libertad en el arte” (143); c) “el americanismo (...) que le lleva a juzgar preferentemente la literatura creada en América, y aun a entrever la existencia de un arte americano especial” (144); y d) haber sostenido “ideas muy nuevas para su tiempo” (144) como, por ejemplo, diríamos, la

concepción de la literatura como una forma particular de conocimiento, “de tal modo que por las diversas fases de ella pudiera contarse la historia de los pueblos con más verdad que por sus cronicones y décadas” (144), como lo afirmara Martí en su ensayo sobre Walt Whitman. Asimismo, “la severidad es nota rarísima en toda su obra crítica” (146): “el silencio era la única pena que imponía a las obras que no merecían su aplauso franco y decidido” (147). Y “no fue nunca partidario de la crítica menuda” (146). No deja de resultar curioso que, entre tantas muestras de crítica literaria madura que el Dr. Lazo pudo elegir para ilustrar el comportamiento de esa faceta en la producción intelectual de Martí (v. gr., sobre José Joaquín Palma, sobre José María Heredia, sobre Julián del Casal, sobre Oscar Wilde, sobre Walt Whitman, sobre Ramón Meza, sobre Francisco Sellén, sobre Enrique Nattes, etc.) eligiera, y además con bastante espacio, una reseña más bien discreta de 1875 sobre una antología de poesía de escritoras hispanoamericanas recién publicada por entonces en París. Desde luego, que haya sido discreta en el total de la crítica literaria martiana no obsta para que esa reseña haya adquirido bastante resonancia en alguna crítica literaria actual con perspectiva de género –como lo ilustra en especial la que se ha interesado más en Gertrudis Gómez de Avellaneda--, o en las concepciones de Martí sobre la mujer. Con tacto ejemplar Raimundo Lazo concluye que el autor de esa reseña “realmente no critica

que se le haya concedido en la colección tanto espacio a la Avellaneda; pero sí deplora que allí no lo haya tenido mayor Luisa Pérez de Zambrana.” (149) 6 A modo de efecto colateral, el reseñista contradice la falta de severidad que el autor de Martí y su obra literaria le atribuye, pues en su valoración de Poetisas americanas. Ramillete poético del bello sexo hispano-americano (París, 1875) señala deficiencias nada menores como, por ejemplo, el olvido de algunas poetisas meritorias, la proporción de la presencia textual de otras por su “fama pública” más que por merecimientos intrínsecos, e incluso la omisión de los mejores poemas en algunas de las incluidas. Señalamientos como descuido, insuficiente escrupulosidad, desaliño, además de la duda sobre los criterios de selección, respaldan aún más la severidad mostrada por el reseñista de esa antología. Aunque su mayor desacuerdo parece concentrarse en torno a la desproporción numérica entre los textos de las mencionadas poetas cubanas, es evidente que su reserva alcanza a toda la antología debido en parte a la insuficiente dosis de americanismo mostrada por ella. Aunque pequeño y tal vez involuntario, un beneficio de la consideración de esa reseña corres6 Si se compara ese juicio con los que Raimundo Lazo emitirá casi medio siglo después, podrá notarse el cambio en su punto de vista: “Si Martí capta totalmente a Luisa Pérez de Zambrana, no ocurre lo mismo en cuanto se refiere a la Avellaneda” (1978:92). Y en clara reivindicación de su compatriota de tierra chica, originaria como él de Camagüey, concluye el estudioso que “Sólo a falta de información, de más detenido examen de la totalidad de la obra poética de la Avellaneda, y al desconocimiento de sus epistolarios no publicados hasta el siglo XX, cabe atribuir estos juicios de Martí” (1978:92).

pondiente a la etapa mexicana de José Martí viene dado por la historicidad que aporta a todo un libro, como el comentado del joven Dr. Lazo, que no se había distinguido por apegarse mucho a ese criterio, si se exceptúa el capítulo dedicado a “el poeta”, donde el estudioso distingue con énfasis entre la poesía recuperada por Martí en su carta-testamento literario de 1895 y la juvenil dispersa (anterior a 1882), “la menos personal y valiosa de la obra poética de Martí” (60). El juicio que le merece ésta puede resumirse en el siguiente párrafo: Si Martí no hubiera escrito otros versos que los de esta poesía ocasional y fragmentaria, sentida y creada en medio de las luchas de su vida y en situaciones de espíritu tan distintas, no hubiera merecido debidamente sino el nombre de buen versificador. El nombre glorioso de poeta lo merece por

sus colecciones de versos [ Ismaelillo , Versos

Sencillos , Versos libres ] (60).

“Colecciones” esas a las que luego añade “sus versos publicados en la revista literaria para los niños La Edad de Oro ” (63). En juicio tan severo Raimundo Lazo se hace eco de la recomendación testamentaria en que José Martí declara que antes de

Ismaelillo ninguno de sus versos vale un ápice.

Pero en esa operación el estudioso no parece tener en cuenta ni las circunstancias nada favorables en que el escritor que por entonces lleva días tratando de zarpar hacia Cuba desde República Dominicana para sumarse a la guerra desencadenada sin él formula semejante dictamen; ni la

presumible afectación de la memoria ocupada por asuntos numerosos y de incomparable urgencia (además de su producción intelectual restante); ni la consideración hacia su destinatario Gonzalo de Quesada y Aróstegui, quien deberá ocuparse de rastrear toda su obra dispersa en revistas y periódicos y archivos personales, más allá de la poesía... Cuidadoso de su propia imagen también después de su muerte, es un hecho que Martí apuesta por la conservación de su poesía que tiene más fresca en su memoria, la cual coincide con la que ha sido reconocida ya de parte de sus lectores. En el caso de sus todavía secretos Versos libres el escritor parece apostar a que su probable caída en combate luchando por la independencia de su patria habría de configurar un horizonte de lectura que ayudaría a despejar las incomprensiones o reservas que pudiera suscitar cualquier tormento existencial o recelo sobre sus semejantes que pudiera hallarse en esos versos. La resolución de cualquier otro obstáculo para la publicación de estos puede dejarla al cuidado de su editor: la selección de “lo más cuidado o significativo” del corpus; su delimitación con respecto “a otras formas borrosas y menos características”. Singular Versos libres , así fuera no más por eso, entre las “colecciones de versos” recuperadas por su autor en vísperas de su muerte, singular va a serlo también para Raimundo Lazo, como antes (1913) lo había sido para lectores como Rubén Darío y luego ha seguido siéndolo para los estudiosos de la poesía canónica de Martí. Emparentado con el modernismo por su afán de libertad, ese tipo de versos

va a compartir, asimismo, “cierto desasosiego espiritual característico de la poesía moderna” (78). Modernista por un lado, Versos libres es moderno por el otro. Repasados ya los principales hallazgos y distinciones del libro Martí y su obra literaria , se estará mejor preparado para saber si él cuenta con méritos más intrínsecos que el que le asegura su sola antigüedad: ¿cómo fue leído el escritor cubano y en particular su obra literaria hasta finales de la década de 1920 en Cuba?; ¿cuáles convergencias y divergencias presenta esa lectura de hace casi un siglo con las que han prevalecido luego?; ¿cuántos de los hallazgos y maneras de leer a Martí que desde hace medio siglo pueden parecernos permanentes a fuerza de naturalizados vienen moldeándose desde las primeras décadas del siglo XX, si es que no antes? Asombra mucho, por ejemplo, que un libro pionero (dentro de Cuba) en el área de los estudios literarios sobre la obra martiana pudiera haber iniciado su introducción con un comentario que parecería más propio del final de ese siglo o de inicios del posterior: “Labor difícil es hablar hoy de José Martí.” (11) Por saturación, desde luego; por una presunta saturación: “Se ha hablado tanto de él, y su obra ha inspirado tan bellas frases y ha sugerido tan profundas y atractivas ideas, que la materia está punto menos que agotada.” Con ese gesto entre resignado y defensivo se iniciaba en 1926 la tesis doctoral que sirve de base al libro reseñado. Aunque ese comentario se basara en una primera impresión ante el tamaño de la bi-

bliografía acumulada ya por entonces en torno a la obra de José Martí, y tendiera a hacerse eco de una opinión establecida entre legos, no deja de asombrar su posibilidad misma, en una época que al trasluz del siglo transcurrido desde entonces se antoja caracterizar como más bien escasa o primeriza en terreno de los estudios martianos. Una explicación posterior ayuda a entender que más que sobrar literatura dedicada al estudio de la obra de Martí, el problema ha sido de escasez en la calidad predominante en esa literatura; explicación esa, que, por cierto, confirmará más de sesenta años después la historia crítica de la recepción martiana acometida por Ottmar Ette: Se siente infinito desconsuelo (...) al observar cierta dolorosa escasez de literatura que analice la obra de Martí con amor y con espíritu reflexivo al propio tiempo y con menos aparato, artificio y pompa vana del que tantas veces se ha empleado para estudiarle y exaltarle. Porque si tenemos valor para no espantarnos al mirar cara a cara la realidad, tendremos que reconocer que a veces de buena fe, con la más santa y noble intención, se realiza esa labor de exaltación y de estudio de Martí y de su obra de modo tal por lo vulgar e insulso, que si no fuera por la sinceridad de los autores sería irrespetuosa y profanadora (12). En otras palabras, tal saturación (o impresión de saturación) en terreno de los estudios martianos podría consistir sólo en un espejismo, pues si se considera el factor calidad o siquiera aspiración

de cientificidad dentro de todo ese corpus, entonces la conclusión que se impone es la contraria, la de escasez o indigencia: “escasez de literatura que analice la obra de Martí con amor y con espíritu reflexivo al propio tiempo”. Marca al parecer ineludible ya desde entonces de la cauda de estudios y comentarios generada en su transcurso por la obra de Martí es la numerosa porción de textos (escritos y orales) signados por la improvisación o la superficialidad. No podría asegurar si esa marca es inseparable de todo escritor clásico, pero sí es un hecho que en el caso de José Martí ella cuenta con una tradición de más de un siglo. 7 A inicios del siglo XX esa marca fue más notoria, al parecer, entre los lectores de Martí más interesados en su desempeño político. De ahí que a los más interesados en la obra literaria de este escritor, como sucede con el autor de Martí y su obra literaria , se le impusiera de inmediato ese rasgo, que él fundamenta a partir de una evidencia de carácter testimonial: Cuando pensamos en Martí, por obra de una necesaria asociación, pensamos siempre, antes que nada, en Martí patriota, libertador de su pueblo, y este aspecto, el más brillante 7 Sesgo particular dentro de esa franja aporta la posibilidad de lucrar simbólicamente con la dimensión política de Martí; muy ilustrativa de la cual es la radical prevención de Julio Antonio Mella en sus “Glosas al pensamiento de José Martí” (1927) con respecto a “tanto canalla, tanto mercachifle, tanto patriota, tanto adulón, tanto hipócrita... que escribe o habla sobre José Martí.” ( Valoración Múltiple de José Martí , tomo I: 51) Prevención de la que participa Raúl Roa en 1929, cuando afirma que “Martí fue –es— paraván y tropelía y alforja sin fondo. Y fue –es— cheque y credencial. Muchos, los peores, viven de Martí (...). Contados, los buenos, viven para Martí” (Roa, 2009: 21)

de su personalidad, eclipsa instantáneamente en nuestra mente otros aspectos también interesantes de su varia actividad [...] (13). Circunstancia que obliga a una especie de reivindicación del escritor coexistente en el político, la cual Raimundo Lazo realiza de una manera muy clara y enérgica a partir de su convicción de la suficiencia que tienen los méritos literarios en la obra de José Martí: (...) debemos negar rotundamente que en Martí el Pensador o el Artista necesiten para algo adornarse con los lauros del Libertador. Sus méritos patrióticos realzan los literarios; pero estos tienen valor propio suficiente para merecer por sí, independientemente de aquellos, la más cuidadosa consideración y la admiración más justificada (13). Esto es, los merecimientos de la producción artística-textual avalan por sí mismos cuanto estudio pueda dedicarse a esta. Difícilmente pueda hallarse otra defensa mejor de la pertinencia del estudio de la obra literaria de José Martí, con base en la autonomía de los valores que la distinguieron. El muy merecido reconocimiento de su excepcional labor patriótica no debería impedir notar que “aquel hombre honró también la tierra que le vio nacer con los preciados frutos de su talento y de su sana emotividad” (13). Digno de mención, por último, así sea nada más como dato curioso, es el muy exiguo tamaño de la “bibliografía”: sólo siete entradas, incluida la

correspondiente a Obras de Martí en la edición

de Gonzalo de Quesada y Aróstegui, componen

ese apartado. Muy pocas han de haberse requerido entonces para el ejercicio de sustentación o defensa de una tesis doctoral (aun cuando fuera equivalente de la tesis de Licenciatura actual en terreno de Estudios Literarios), si en el libro (“modestísimo ensayo”) resultante de la tesis de Raimundo Lazo han sobrevivido sólo siete entradas, dos de las cuales aportan el corpus de textos a estudiar: además de la imprescindible Obras de Martí , una de Páginas escogidas por Max Henríquez Ureña. Una más está ocupada por un “estudio biográfico” debido a Manuel Isidro Méndez. Así, pues, estudios o exégesis sobre la obra martiana en propiedad sólo habría cuatro en ese libro: uno de Arturo R. de Carricarte (quien destacó más bien como biógrafo y divulgador); otro del profesor Orestes Ferrara (“disertación”); otro de Antonio Iraizoz (“discurso”); y el último, de Francisco García Godoy, un escritor cubano asentado en República Dominicana, donde tuvo ocasión de conversar siquiera una vez con José Martí. Como todas las referencias editoriales están incompletas, no es posible saber el año o la editorial de cada una de tan exiguas entradas de la bibliografía, ¿proveniente de la tesis, o ya depurada para su publicación como ensayo? Fuera por desconocimiento, o por exigencias académicas, saltan mucho a la vista las ausencias, sobre todo, de representantes de los estudios martianos fuera de Cuba tan destacados ya por entonces como Rubén Darío, acaso el escritor que mejor conoció y divulgó la obra martiana a finales del siglo XIX e inicios del XX, o Pedro Henríquez Ureña, entre algunos otros.

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