¿Qué significa sentir desde América Latina?
¿Qué significa sentir desde América Latina?
Alan Quezada Figueroa
La presente reflexión pretende indagar, a modo de homenaje, en el pensamiento del filósofo boliviano Juan José Bautista Segales, en tres de las que se considerarán aquí las obras representativas para desentrañar y acercarse a la subjetividad latinoamericana. Se parte de la intención de implementar una condición estética, que consideramos encontrar dentro de las reflexiones del pensador boliviano, no porque se busque corregir al autor, sino porque se piensa en la posibilidad de concebir y desarrollar dichas ideas, en función de su riqueza y su amplitud teórica, concernientes a la sensibilidad profunda estética. Es de esta manera que el pensar desde América Latina, si pretende significar una misión
crítica potente, debe contener un sentir como
momento estético-sensible, que se suscriba al estilo del pensamiento de los pueblos originarios, a los que alude principalmente el filósofo.
Aesthetic, sensitivity, feel, rationality, capitalism. Estética, sensibilidad, sentir, racionalidad, capitalismo.
This reflection aims to investigate, as a tribute, into the thought of the Bolivian philosopher Juan José Bautista Segalés, in three of the works that will be considered here, the representative works to unravel and approach Latin American subjectivity. It starts from the conviction of implementing an aesthetic condition within the reflections of the Bolivian thinker, not because it seeks to correct the author, but because it is believed to glimpse the existence of those ideas, concerning the deep sensitivity —aesthetic—, it is of this way that thinking from Latin America, if it intends to be a powerful critical mission,
must contain a feel , as an aesthetic-sensitive
moment, that subscribes to the style of thought of the original peoples, to which the philosopher mainly alludes.
Un pensamiento vivo es el que pone resistencia ante los embates del tiempo y a pesar de esa distancia sigue dialogando y metamorfoseándose, ante las posibles necesidades del porvenir o, bien, los modelos críticos que, de antiguo, no había advertido. Por el contrario, existen propuestas que ni siquiera alcanzan el soplo de vida; algunas nacieron, pero perdieron su vitalidad en el camino, de manera que quedaron estancadas hasta perecer. Estas últimas se materializaron en algunos esfuerzos infructuosos para crear un sistema cerrado que, bajo las ilusiones de la modernidad, resultaran, a final de cuentas, en una limitada y ajena perspectiva ante la colosal realidad que, si algo nos permite reconocer, es el desborde de la diversidad. Cuando un pensamiento deviene en una imitación ajena a su realidad, ni representa a los cuestionamientos propios de su contexto espaciotemporal, ni resulta, al menos, un vistazo a la universalidad, sólo como pretensión de ésta misma. Es así que, si bien, paradójicamente encaja casi directamente en los parámetros académicos adscritos al eurocentrismo y yanquicentrismo 1 contemporáneos, tienden a un confinamiento en el catálogo de reflexiones bienintencionadas —algunas—, pero que nacieron con la fecha de caducidad impregnada en la frente. Es así que, el repositorio de estos productos, además de ser sumamente extenso, entre libros, revistas y encuentros académicos, permanecen sólo como un grato recuerdo, pero no reflejados en una co-
munidad que al menos busque la praxis .
1 Uso esta expresión a causa de la inexactitud que significaría “americanocentrismo”, que implicaría a todo el continente.
El mito de la inutilidad de la filosofía, como pensamiento meramente abstracto —supuestamente—, ha parido generaciones y generaciones de egresados y egresadas de las academias, considerados a sí mismos y a sí mismas, como filósofos o filósofas, aunque en su ejercicio se refleje una actividad más cercana a la del historiador. Esta perspectiva de la inutilidad del pensamiento filosófico, desde la racionalidad instrumental, construyó el espacio de confort, para que dichas generaciones se contentaran con la revisión histórica de un concepto, un autor o una —supuesta— etapa del pensamiento filosófico. A pesar de seguir resultando la manera más cómoda y accesible de hacer filosofía, evidenciada en publicaciones, congresos y cursos, la necesidad de pensarnos desde el propio lugar de enunciación , no sólo es cada vez más fuerte, sino que también parece ser una exigencia de nuestros tiempos. La pandemia de Sars-Cov-2, que aún no trascendemos, nos ha dejado ver lo devastados(as) que nos encontramos para enfrentar una situación de tal envergadura, pero más que eso, lo insensibles que hemos sido con nuestro hogar: la Tierra —la Madre Tierra o la Pachama-
ma —, que no es objeto, sino sujeto.
Cuánto nos hemos devastado como naturaleza y también cuánto hemos desequilibrado nuestras mentes y nuestros cuerpos, como traducción de un sistema neoliberal que ha colonizado esos mismos cuerpos y conciencias, debilitándolos a tal grado que la vulnerabilidad de las y los seres humanos, ante el virus mencionado, resul-
tó en un fuerte acicate, ante la pérdida de vidas humanas y el desequilibrio de las estructuras sociales alrededor del mundo. De la misma manera, dicho fenómeno también evidenció la terrible asimetría en la que viven nuestros pueblos en el tercer mundo , de tal manera que muchos quedaron desamparados, ante la inminente crisis y hasta el día de hoy no les es posible acceder a una vacuna que les ayude a luchar contra la enfermedad. Es ante esta catástrofe y amenaza, ante esta absurda declaración de guerra de los seres humanos que, con tal de conservar un opulento estilo de vida, siguen amenazando nuestro hogar, que no es otra cosa que a nosotros y nosotras mismas; la barbarie devenida en civilización , como el sistema instrumental, a partir del que los seres humanos dominan y desde el que hacen suyo el entorno (Dussel, 2015) está acabando con los recursos vitales, como el agua —que es el líquido vital por antonomasia— y con el medio ambiente, a través de la producción acelerada de productos que dañan al planeta, a las mentes y a los cuerpos: La alienación más extrema y a través de la cual toda contradicción se desvanece para dar paso a la demanda del sujeto contemporáneo, que insiste en llevar hasta sus últimas consecuencias la ficción que yace detrás de la exigencia biopolítica de la salud y de la felicidad total del pueblo (Canto, 2021: 144). Juan José Bautista, mediante su producción teórico-crítica, buscó interpelarnos ante esta absurda situación, pues no sólo advertía de esta de-
vastación, sino que, además, las víctimas más inmediatas somos quienes, desde otra cara del esclavismo, no sólo estamos manteniendo al sistema mediante el trabajo, sino también mediante el consumo de estos mismos materiales e ideas nocivas que acaban con la vida misma. Las y los latinoamericanos, colonizados, somos quienes hacemos el trabajo de explotar nuestros mismos recursos —las minas, por ejemplo— y los entregamos directamente a los explotadores, incluso agradeciéndoles por el contrato de trabajo, sin participar del enriquecimiento exponencial de aquellos. Empero, la condición de colonizadas y colonizados, es lo que nos lleva a entregar los propios recursos. Las formas quizá se han transformado, pero el extractivismo sigue siendo fuerte en nuestros países y —paradójicamente— nuestros recursos siguen empobreciéndonos cada vez más —al ponernos bajo la mira como regiones explotables—. La enajenación, que podríamos visualizar también como la enajenación mental, alineada a los intereses extranjeros, no es tan simple como dicha operación mental de sublimación en la racionalidad de las y los latinoamericanos —y oprimidos(as) del mundo—, sino que también significa el control de los cuerpos: el adormecimiento de la sensibilidad real y de la empatía traducida en solidaridad y comunidad de nuestros pueblos, y la ilusión de una sensibilidad que, de estética —la sensibilidad profunda— solamente queda la superficie convertida en cosmética —sensibilidad aparente—, alejando así a las personas de su
potencialidad sinestésica (Quezada, 2020), como
el estadio sensible de amplio espectro en el que la comunidad ya es parte del yo sensible, de tal manera que cada una y cada uno es afectado o afectada, por el/la otro(a). Ante el complejo sistema de pensamiento de Bautista y sus preguntas claves, como la que aparece de diversas maneras en algunas de sus obras y que va más allá del título de uno de sus
libros más populares, ¿Qué significa pensar des-
de América Latina? , se pretende aquí ampliar el panorama mediante el elemento estético: ¿qué
significa sentir desde América Latina?, lo cual no
implica, necesariamente, que el filósofo boliviano no haya pensado en dicha perspectiva, sino que no se enuncia de primera mano. La intención, en este respecto, es desarrollar, en alguna medida, la monumental labor del autor, sumando y reconociendo momentos en sus ideas, en las que me parece percibir el ya mencionado perfil estético. Quizá lo anterior puede parecer descabellado o posiblemente necio, en cuanto a introducir un elemento que a su autor original no le pareció elemental introducir; sin embargo, y a riesgo de cometer una injusticia, pienso que el filósofo leería este acercamiento como posible y quizá le tomaría alguna importancia. Reitero que la intención de esta reflexión surge desde el pensar la obra de Bautista como una filosofía viva y no como un sistema cerrado que no da lugar a la discusión, ni a la transformación y el enriquecimiento de las ideas, desde la multiplicidad. El filósofo permanece en sus ideas y sigue dialogando con los diferentes posicionamientos surgidos
en los tiempos actuales, eso evidencia lo sólido y potente de su sistema conceptual. Con respecto a la vitalidad del pensamiento teórico de nuestro filósofo, señalo la siguiente consideración: Paul Ricoeur (2003) pensaba que la poesía, en tanto poesía, se valdría de la metáfora viva , porque ésta sigue teniendo potencia significativa, no se asienta en el lenguaje y muere tras una definición permanente que no le permite
seguir explorando diversos territorios de la poie-
sis . En cuanto al pensamiento crítico, una de sus características, en cuanto tal, es la posibilidad de seguir produciendo cuestionamientos e ideas diversas a través del tiempo, al respecto, Luis Villoro mencionó lo siguiente: Para precisar y completar las ideas formuladas por un filósofo del pasado es menester tratarlas como pensamiento vivo. Muerto es un pensamiento que, convertido en doctrina, se transmite y reitera sin ponerse en cuestión. Vivo es sólo el pensamiento que, como actividad crítica permanente, es susceptible de confrontarse con otras ideas de nuestra época. Repensar una filosofía supone transformarla de “doctrina” en reflexión que se cuestiona a sí misma (2016: 11). La idea es que, al ser una brecha abierta por el pensador boliviano, podamos seguir extrayendo de ella algunos principios que, como pensamiento vivo, nos resultarán útiles para pensar nuestra realidad y arrojar posibilidades de la construcción de un porvenir más justo y diverso.
Cuando un pensador piensa de cara a la realidad que le tocó vivir, lo que surge es un pensamiento original, pero no porque uno se propusiera ser original, sino porque uno se propone pensar en serio y con rigor los problemas centrales que plantea la realidad o que existen en ella y que nos toca vivir a todos cotidianamente (Bautista, 2014: 10). En la experiencia de cara a la realidad que menciona Bautista, es que va implicada también su sensibilidad —usualmente concebida como “experiencia estética”, que se encuentra imbricada en cualquier contacto con el mundo— y se desarrolla desde la base de su pensamiento, que constituye su mundo. Esa “realidad que le tocó vivir” le generó sentimientos que se conjuntaron con la necesidad racional; reflexionamos a partir de lo que sentimos. Esto es, el pensamiento surgido desde los sentimientos generados por los problemas que nos plantea nuestra realidad propia: la latinoamericana. Del dolor y el padecimiento también surge la necesidad de transformación, porque la incomodidad y el dolor motivan, como condición estética, la búsqueda de respuestas. Ante lo que se ha
mencionado como herida colonial , ya tenemos
manifiesta una sensación — aesthesis — que nos
sitúa, mediante el acicate, ante una condición de opresión. Tal como narra Enrique Dussel (2015) la sensación de no pertenecer, en aquél ir y venir del mundo europeo a Latinoamérica, Juan José Bautista coincide en no sentir su origen en los antiguos griegos, sino en los aymaras del mun-
do andino. El padecimiento es un elemento clave en esta reflexión, frente a un aparente bienestar suministrado por las ilusiones de la modernidad, las cuales suelen traducirse en las ofertas de autoayuda, el marketing , el coaching de vida y el optimismo superfluo, todos, productos de consumo, amparados en la lógica neoliberal. Desde estas realidades no occidentales es que es preciso pensar una racionalidad más compleja y conjugada con lo sensible. “En términos categóricos resultan de tan brutalidad la filosofía de vida del capitalismo que por su propia e intrínseca estupidez se convierte en siniestra amenaza para la humanidad” (Sanjinés, 1987: 50). Esto última afirmación es del cineasta y pensador boliviano Jorge Sanjinés, a quien se le adjudica producir la primera película hablada en aymara, y para quien es fundamental salir de los linderos creativos extranjeros e imperialistas, para generar un discurso poético que realmente dé cuenta de una situación auténtica, como el pensamiento aymara —lo mismo que podríamos pensar con la diversidad de los pueblos a lo largo y ancho de nuestro territorio—. La racionalidad occidental de la filosofía moderna solamente justificaba al mundo europeo. Éste era su origen y su límite; lo demás fungía como incognoscible, inferior y premoderno: “la destrucción de la cultura como factor de resistencia es operación predilecta del imperialismo” (Sanjinés, 1987: 53). Es importante, en este punto, mencionar que una de las lógicas que atraviesa la realidad de los pueblos originarios, es la integración
de una sensibilidad profunda en sus concepciones cosmogónicas, en sus tratamientos médicos y en su disposición cognitiva, lo que indica esta supuesta infancia racional, para los occidentales, así como el lugar superficial de la estética frente a la racionalidad, en cuanto a la comprensión del mundo. “Las emociones en Amerindia representan un rico universo y su vínculo con la Ética, como en las perspectivas de los principios nahuas, incas, la perspectiva de la ecuanimidad inuit, las nociones de respeto y diferencia del hoy Suroeste estadounidense” (Reygadas, 2019: 2013). De esta manera es que surge la necesidad de crear categorías y conceptos propios, dado que la racionalidad moderna es excluyente, dominadora, racista y colonialista, sobre todo insensible ante lo diverso. La ciencia y la filosofía modernas nos condujeron a una política de la destrucción; el hambre y la guerra son fenómenos permanentes en el tiempo y que se nos hizo creer insuperables. La economía, por su parte, ha sido irresponsable e insensible, pues se conduce mediante los imperativos de la racionalidad moderna y capitalista, que actúan amparados en la búsqueda de la ganancia como fin en sí, que debe valer más que los medios para conseguirlo. La lógica propagandística del capitalismo ha devenido cada vez más siniestra, mientras que la estética que heredamos de la academia eurocéntrica, parece ostentar un corte romántico, dedicado casi exclusivamente al arte, a partir de Hegel. Los laboratorios neoliberales para el análisis y la manipulación de las conciencias y de la sensibilidad están ganando la carrera mediante
métodos cada vez más abyectos como el mar-
keting de guerrilla y el neuromarketing , es decir, una manipulación a nivel subliminal. Resulta atemorizante y grosero que los medios sean cada
vez más descarados, como el caso del marketing
onírico, que, incluso en el momento de reposo, sigue inmiscuyéndose en la creación de deseos, introyectándose en la psique humana cuando nos encontramos en la etapa REM del sueño. ¿Qué sucedió con nuestro derecho de soñar ? En el momento del sueño se despliega una potencia estética en frenesí, “los cielos que escalamos son cielos muy íntimos: son deseos, esperanzas y orgullos” (Bachelard, 1985: 198). Resulta que nuestra intimidad ya no es nuestra y es más bien violada por los opresores capitalistas. Éramos el centro de nuestro mundo onírico y ahora meramente devenimos espectadores; si bien el marketing onírico parece estar en una etapa de experimentación, el hecho de que se esté considerando e investigando por neurocientíficos y psicólogos financiados por las transnacionales, ya debería ser impensable. El peligro se asoma y tal propuesta debería ser ilegal, pues sugiere la deformación de la conciencia y su colonización vulgar, porque el ser humano “en su sueño profundo, encuentra el espacio carnal formador” (Bachelard, 1985: 200). Si nuestro pensamiento situado busca salir de sus modelos violentos, requiere renunciar a dicha racionalidad para generar un pensamiento y una sensibilidad más complejos. La formación de nuestros intelectuales y políticos bajo el amparo de las universidades estadou-
nidenses garantizan la deuda con el mecanismo neoliberal, esto es, la dominación patrocinada por el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización de las Naciones Unidas y la Organización del Tratado del Atlántico del Norte, que son aparatos al servicio de la modernidad capitalista. Caer en el culto a la razón, en el
amor al logos , produce instituciones insensibles
ante el entorno. Se necesita otro tipo de conocimiento en el que se incluya la vida a nivel planetario, sabiduría y sensibilidad para la vida y no
sólo racionalidad instrumental y cosmética de la
superficialidad , para fines egoístas e inmediatos.
El amor a la razón ha perdido la guía del amor a la sabiduría, por ello es importante construir una
racionalidad de vida, una filosofía transmoderna .
Bautista reconoce que la racionalidad que se ha posicionado como el culmen de la civilización, ha dado lugar a diversas atrocidades; es posible que en este punto ya se pueda reconocer, en alguna medida, que, para el filósofo boliviano, sería importante también integrar una sensibilidad elemental a las operaciones racionales que se sugieren. Porque en la dureza de la racionalidad es que se forman los discursos de sometimiento que han justificado una violencia sistemática, resultando una lógica en la que es notable el abandono de la sensibilidad y la empatía. Es decir, la racionalidad instrumental tolera cualquier intuición sensible, aunque refleje injusticia o dolor ante los otros. Una racionalidad violenta y dominadora no podría nunca actuar en favor de la vida. “De ahí
nace la necesidad de producir una concepción material de la razón (distinta de la razón formal moderna), cuyo contenido explícito sea la producción y reproducción de la vida en general y no sólo de una forma de vida que oprima a otras formas de vida” (Bautista, 2014: 245). Igualmente, considero que la premisa sobre la producción y la reproducción de la vida, tendría que ser sustentada por el elemento estético, sensible, que acompañe a la toma de decisiones, sumada a la razón, porque dicho elemento incorporado al devenir humano, contemplará la empatía como parámetro de acción, el reconocimiento a la alteridad, previo a las acciones con arreglo a fines. La racionalidad moderna, bajo su manto imperial nos ha hecho pensar que es la única forma de racionalidad, pero eso sólo ha producido injusticia, desigualdad y dominación. Hay más desarrollo de la analítica actualmente, que conocimiento de la realidad y sus problemas; esto es: importa más la argumentación correcta, pero no el contenido de los argumentos. La sabiduría —y la sensibilidad— debe estar al servicio de la vida. Una racionalidad en función de la vida se encuentra en los pueblos originarios, para quienes la naturaleza, como parte de la vida humana misma y su organiza-
ción — cosmocracia — sociopolítica, implica una
complejidad más profunda que la racionalidad dominante. Una nueva filosofía basada en la sensibilidad de los pueblos originarios serviría para superar las contradicciones de la modernidad. Tanto la racionalidad instrumental como el extractivismo estético, han empobrecido al Plane-
ta y esclavizado a sus habitantes. La contradicción es clara: la vida o la muerte. La humanidad está amenazada, producto de la filosofía moderna que se fundó en un mecanismo en el que la naturaleza se encuentra al servicio de la humanidad, como si fuésemos superiores o, peor aún, diferentes o ajenos a ella. Es bajo el amparo de esta sensibilidad que los pueblos andinos —así como otros pueblos originarios de nuestro Sur— se reconocen como parte del mismo principio y no como regiones aisladas entre sí. Nuestros pueblos tienen experiencia milenaria en este tipo de relación con ella, por ello tienen la subjetividad pertinente para este tipo de tematización, porque esta forma de pensar requiere no sólo otro tipo de sensibilidad con la naturaleza, sino otro tipo de subjetividad en la cual la experiencia de la subjetivación de la naturaleza como Madre sea una forma de vida (Bautista, 2014: 249). La subjetividad misma incorpora la vida de la naturaleza, porque no estamos escindidos, como en el pensamiento moderno, en el que la subjetividad es aislamiento, sin comunión con la naturaleza; es individualismo y soledad. El capital, la ciencia y la tecnología están por encima de todo, por ello se maltrata a la naturaleza sin ningún tipo de sensibilidad y éste es el problema de no
relacionarse con la naturaleza como sujeto-su-
jeto y sí como sujeto-objeto , que en última instancia tendría que devenir en un nosotros(as) . En
tiempos actuales, la Internet y los smartphones
son los mediadores con el mundo: “Internet se
está convirtiendo en una herramienta donde la representación del mundo cobra más peso que el mundo mismo” (Domínguez, 2021: 327). Extraer materia prima de la naturaleza para el enriquecimiento vulgar, para generar mercancías, sería lo mismo que quitarse un órgano del cuerpo para comerciarlo, al menos en el nivel sensible, lo cual es inquietante y doloroso. “La vida, como condición de posibilidad de todo quehacer humano, incluido el pensar, puede desaparecer” (Bautista, 2014: 76).
El locus cultural que ostentan algunas culturas
que participan de un interés por la vida y no por la muerte, nos indican la posibilidad de salida de un sistema depredador, que a final de cuentas es autodestructivo, porque ni siquiera se capta a sí mismo, no percibe que está acercándose al precipicio de la extinción. El sistema capitalista ha demostrado que no es sustentable, abusa de los recursos planetarios como si fuesen ilimitados. No sólo es importante, sino una tarea obligada ante dicho panorama, construir una “Liberación-comunitario-popular” (Bautista, 2014: 253). Es así que se puede desarrollar un horizonte de realidad más incluyente que la totalidad moderna. Basados en lo dicho hasta aquí, es evidente que el pensar en el sentido racional moderno, no ha contribuido a la mejora de las condiciones de la humanidad, a escala planetaria, ni a la calidad de vida de sus habitantes. Tal parece que, en todo caso, nos estancó en la unidimensionalidad y la inmediatez del deseo cosmético del consumo. El mero pensar ha sido destructivo al no haberse incluido el nivel afectivo en los asuntos prácticos.
Si la experiencia es de utilidad para la generación del conocimiento, entonces debemos considerar que la experiencia misma ya es un parámetro sensible, pero, además, por la experiencia obtenida hasta el presente, tenemos un indicador de que el saber sin sensibilidad está escindido de su realidad, no es que no se capte, sino que está anestesiado , porque vivimos en una cultu-
ra analgésica que nos adormiló la sensibilidad y
la consciencia, por ello actuamos sin consideraciones a las consecuencias. Lo superfluo y lo inmediato resulta ser más cómodo. “La apariencia reemplaza la esencia como principio de valor último” (Domínguez, 2021: 322). La humanidad entera se encuentra enferma de gravedad, los pueblos originarios son arrastrados en los usos de la racionalidad instrumental moderna y sus tradiciones se han ido desvaneciendo en alguna medida, de manera que la seductora cosmética de la muerte o bien, la necroestética , genera una sensación de bienestar inmediato ante el consumo de los productos de la cultura popular. La situación se agrava más cuando, incluso quienes deberían de pensar desde una formalidad conceptual y crítica fuerte, asumen su racionalidad adscrita a los valores de Europa y Estados Unidos, como horizontes de realidad. “Ahora, de lo que se trata es de pensarnos a nosotros mismos, pero desde el horizonte histórico y cultural de nuestra propia realidad, desde nuestros propios problemas, desde nuestras propias concepciones, desde nuestras propias ‘cosmovisiones’” (Bautista, 2014: 83).
El capitalismo y la modernidad provocaron un modelo fetichista de la realidad, este fetichismo podría considerarse incluso como una categoría estética negativa, ya que se suscribe a la lógica de una cosmética de la inmediatez, es decir, el goce inmediato y conformista que surge con el consumo, pero que se aleja de las relaciones interpersonales y de la ruptura con el ser naturaleza. Bautista piensa que, para llegar a una
praxis política favorable con la vida, es funda-
mental generar un marco categorial propio con un horizonte político y económico, pero fundamentalmente estético, como raíz de una política y economía sensibles, que reconozcan y sean interpeladas por el lamento ajeno y las necesidades de las personas. Es sensato dudar de los conceptos que han estado al servicio del sistema, tal cual lo conocemos, y debemos producir una “nueva relación práctica y existencial con la realidad” (Bautista, 2018: 164). El objetivo de las reflexiones del filósofo es la praxis transformadora, para lo que es preciso un sistema categorial que nos confronte con la realidad y la sensibilidad que se desprende de ésta. “No estamos en contacto con la realidad directamente, nuestra interpretación de lo que ella sea está ya direccionada por los marcos categoriales ideológicos, teóricos y hasta religiosos” (Bautista, 2018: 167). No se trata simplemente de lo que podemos creer o conocer a partir de los marcos categoriales; lo importante es qué se puede construir con ello, implementando la sensibilidad como una de las directrices principales.
Si bien la racionalidad moderna se ha situado como la única y en todo caso, la correcta, es importante cuestionarla, para acceder a la posibilidad de vislumbrar un horizonte más amplio, por ejemplo: la sensibilidad. Mientas que nos hemos
convertido en culturas oculocéntricas , algunos
pueblos originarios de diferentes latitudes no sólo han afinado su sensibilidad olfativa, sino que han organizado un idioma complejo que les permite categorizar los olores. “El vocabulario que utilizamos para nuestras experiencias olfativas es pobre” (O´Meara y Majid, 2017: 101). Tenemos el caso de los seris en Sonora, México. Ellos poseen un sistema que distingue cualidades olfativas diversas, pero sin ostentar un juicio de gusto, “En seri, un hedor no es sólo un hedor, sino un hedor particular, uno de por lo menos siete tipos distintos que existen” (O´Meara y Majid, 2017: 112). Desafortunadamente la imposición del idioma español les ha orillado a cambiar su estilo de vida, para entrar al sistema económico; esto les va empobreciendo el lenguaje y se genera un decremento en el uso de léxicos para
denominar olores, llevándoles así a la deodoriza-
ción : “Uno de los mitos de occidente es el de la pureza […] la racionalidad occidental se despliega como voluntad de limpieza, como una operación intelectual consistente en dilucidar, delimitar, clarificar, precisar y analizar en la blanca simplicidad de sus conceptos el devenir de lo real” (Ahumada, 2021: 39). La pulcritud es la metáfora para la racionalidad instrumental etnocéntrica, como la pensó Kusch: es el remedio exterior al hedor
americano.
Se torna difícil el cuestionamiento, sobre todo porque estos marcos categoriales y estas herramientas teóricas, ideológicas y hasta religiosas se ocultan siniestramente para evitar tomar conciencia de ellos. Se trata de los engranajes del sis-
tema neoliberal, que justifican las religiones del
dominio , como racionales o naturales, por lo que, casi naturalmente rechazamos lo sensorial frente a lo que significa una autoridad. La racionalidad capitalista es encubridora, fetichista, crea “modelos de fabricación y sostenimiento de la mentira detrás de la que se resguarda un discurso de escala planetaria” (Canto, 2021: 139). Percibimos instituciones que son imaginarias, fetichizadas, como la libertad, la justicia, la economía, la sociedad, etc. El problema es que el fetichismo implica una condición de vida o muerte, de miseria, explotación y crisis. Se genera con ello una cultura del padecimiento, que se halla oculta
frente a la cosmética sustentada en el consumo
del bien inmediato, pero en el fondo, los seres humanos se encuentran fragmentados, disociados de la comunidad y por ello parecen quedar en último nivel las sensaciones y las emociones, porque reflejan en primer nivel sufrimiento. Detrás de una mercancía se encuentra el dolor de un trabajador objetivado. El problema está en que no se reconoce la fuente del padecimiento, el mismo que, como se ha mencionado antes, es necesario atravesar como el elemento que interpelará las subjetividades,
como parámetro elemental de una praxis trans-
formadora. El adelgazamiento de las facultades
del juicio de gusto provoca una uniformidad en cuanto al sistema emocional y afectivo de las personas, cada vez menos concentrado en la convivencia y el compartir y cada vez más encaminado al consumo y a la ventaja individual. Es la condición de la cosmética, como la implementación de la simplicidad del disfrute en el mero consumo, pero es analgésico porque sólo es aparente: la escisión y el dolor interno de las subjetividades no se supera con un par de zapatos nuevos. Bajo la ilusión y el encantamiento de la modernidad como lógica del progreso y de la libertad del consumo, se hallan las relaciones de dominio y del explotador que produce los recursos para el goce de otros. Es el poder del dinero, es el “robo de la vida del trabajador” (Bautista, 2018: 178). El producto es accesible —barato— porque lleva detrás un proceso de explotación; es la negación de la sensibilidad para el goce de otro, bajo la lógica del capitalismo; se trata de la invisibilización de lo que se halla detrás de las mercancías. Parte de la realidad es negada, encubierta. El egoísmo es un imperativo de la racionalidad moderno-capitalista, porque se trata de la búsqueda del beneficio-placer propio a toda costa. Todo esto se desarrolla tras el adormecimiento de la consciencia sensible y solamente se llega a despertar cuando es muy tarde, por ejemplo, cuando se manifiesta alguna consecuencia negativa a causa del estilo de vida, como una gran deuda con el banco o la tarjeta de crédito. Lo importante es perseguir el supuesto éxito, sin importar por encima de quién se pase.
El capitalismo produce su propia racionalidad, pero también su propia estética, el marketing es producido cada vez más siniestramente, desde los laboratorios de las universidades neoliberales en Estados Unidos, en las que, desde las neurociencias, la manipulación mental, la generación del deseo y hasta el control de los sueños, dirigen las supuestas necesidades de las personas, para que consuman tales o cuales productos y a su vez se dejen explotar, para seguir manteniendo en marcha al sistema. Estas formas siniestras, en toda su extensión, deberían ser ilegales, ya que implican la intrusión en las consciencias y los cuerpos de las personas. Es la colonización enraizada hasta la subjetividad. “El cuerpo parece insobornable y tengo la sensación de que conoce mi verdad, mejor que mi yo consciente” (Miller, 2021: 115). Pero tras una anestésica fuertemente ancada por el sistema, el cuerpo acalla su voz, pues está sometido a fuertes dosis analgésicas. Los supuestos deseos y goces logrados traen más desventajas, porque encubren lo realmente potente de la sensibilidad: el sufrimiento de los más y de sí mismo. La mercancía no vale por su carácter físico, sino por el metafísico, el conocido imperativo popular “ojos que no ven, corazón que no siente” se manifiesta en esta cosmética que nos aleja de percibir la explotación y la violencia detrás de marcas y productos que consumimos cotidianamente. Marcas como Shein, Zara Home, Nike y Hershey´s, producen inmoralmente sus productos, bajo una lógica de muerte que es ignorada por
la mayoría de los consumidores, de manera que la seducción de lo barato cobra las vidas de las personas que están detrás de los productos que venden: “el capitalismo concibe libre al ser humano que tiene sólo la posibilidad de elegir entre una Coca-Cola y una Pepsi” (Bautista, 2018: 192). El sujeto contemporáneo deja su vida en manos de un fetiche: la religión, el progreso, la ciencia, la tecnología, la economía, la libertad, la democracia, la modernidad, etc. El sujeto se oprime solo, porque así se lo exige su racionalidad y su sensibilidad, incluso los emprendimientos son formas de autoexplotación que contienen la ilusión de la libertad, que significa la posibilidad de consumo: “Ahora el dinero da ser y poder” (Bautista, 2018: 203). El consumo es un opioide que anestesia la sensibilidad profunda, a la vez que se manifiesta en una sensibilidad superficial, todo se desarrolla entre medios y fines, si el mercado dictamina qué se debe o no hacer, para qué dirección debe o no irse, sobre todo dictamina qué se debe o no sentir, porque esa será la generación del deseo, que conmina a consumir tales o cuales productos, “con el dinero ahora cambia inclusive el sentido de la vida misma” (Bautista, 2018: 209). Se trata de lo humano como lo cuantitativo, lejos ya de lo cualitativo. Si el capitalismo es el opio de los pueblos es porque ha superado a la religión y se hace obedecer, para seguirse regenerando como sistema. El cuerpo humano es reflejo de esa obediencia, en un espejismo de libertad. El cuerpo se atrofia entre el exceso y el defecto; el defecto viene dado
por el hambre, la miseria y la enfermedad, mientras que el exceso se implica mediante la malnutrición, la obesidad y otro tipo de enfermedades que se desencadenan por el sobrepeso. El cuerpo reflejo del capitalismo es un cuerpo sufriente que si está dentro del sistema está condenado a muerte, pero si está fuera de él, sustenta con su sangre al mismo sistema, pero lo padece hasta la muerte. Ambos sufren: “Cuando aprendamos a vivir con los sentimientos y a no luchar contra ellos, ya no veremos en las manifestaciones de nuestro cuerpo una amenaza, sino útiles referencias a nuestra historia” (Miller, 2021: 119). Es por ello que conviene al capitalismo mantener adormecida la sensibilidad, porque de lo contrario “aparece la humanidad del ser humano, es decir, su rebeldía en contra de la realidad que crea el capital” (Bautista, 2018). Mientras menos sepamos qué significa y cómo se siente el dolor en el vientre del hambriento y la tristeza de quien no puede alimentar a su hijo, la sensibilidad fragmentada implicará una ilusión de bienestar general. La subjetividad creada por el capitalismo que está dentro de nosotros y no podría ser superada sino en un horizonte de comunidad, en donde fundamentalmente se desarrolle lo sensible. No es posible que todas y todos reconozcamos el slogan de una marca como el de un refresco de cola que, además, en última instancia es veneno para el cuerpo y que, a su vez, desconozcamos el lamento del otro que nos reclama atención, desde la injusticia del sistema, para que le alimentemos.
El colonialismo epistemológico y estético se afianzó con fuerza en las subjetividades que abandonaron el pensamiento crítico, las personas “se apropiaron alegre e ingenuamente de categorías posmodernas, las cuales son mucho más ideológicas y encubridoras que las modernas” (Bautista, 2005: 10). En la posmodernidad, el hambre y la injusticia ya no significan la violencia más cruda del capitalismo, porque felizmente se puede pensar que es meramente una concep-
ción diferente de las muchas que puede tener.
La intelectualidad latinoamericana adoptó la idea de la “modernización” para salir de la pobreza, es así que abandonó sus tradiciones y su cosmovisión. “Ahora la culpa de la pobreza la tiene el pobre, no el rico. La víctima es la culpable, el victimario es inocente” (Bautista, 2005: 11). Esto es así, porque bajo la fantasía de bienestar del capitalismo, las oportunidades están siempre presentes, no sólo son posibilidades, sino realidades, tal como lo presenta el sistema, de manera que no progresa quien no lo quiere así. Los intelectuales mismos ya no creen que haya un mundo más allá del capitalismo, ni siquiera los intelectuales de izquierda, para quienes el panorama implica padecer esta realidad que cada vez genera más miseria, que recalienta la tierra y que acaba con la naturaleza y el sentido de lo humano, de manera que se condicionó a las subjetividades a mirar un horizonte limitado. El científico se ha vuelto encubridor de la realidad, ya no cuestiona ni hace crítica, vive en un mundo imaginario que ni siquiera es el desea-
ble, sino el posible. Es imprescindible, para salir de este sistema, el nivel estético-sensible, ya que las luchas de liberación surgen de “una toma de conciencia cognitiva de la situación de los propios oprimidos” (Bautista, 2005: 14). Pero no es simplemente cognitiva esta toma de conciencia, resulta que si no parte de la sensibilidad, no logra generar cercanía con la situación y, sin empatía, difícilmente se llega a la movilización, ya que, si fuera cierto que mediante la comprensión se lucha por liberar a los oprimidos, un sicario que entendiera que su acción está siendo injusta, jamás entraría a trabajar en el crimen organizado, por ejemplo. Es fundamental sentir los dolores —hambre, pobreza, violencia y miseria— ajenos para movilizarse en consecuencia, como parámetro para la interpelación que despierte las consciencias y las sensibilidades Los acomodados, los que gozan o disfrutan de los beneficios del dominio, los que mandan mandando, no tienen ningún otro deseo salvo el de seguir manteniendo su cuota de poder y de dominio, por eso están y estarán siempre en contra de todo movimiento social que intente revolucionar las relaciones sociales (Bautista, 2005: 15). El goce de los que mandan mandando siempre es egoísta e implica el sufrimiento de otras personas, por ello es opresor, porque no se sensibiliza ante el padecimiento ajeno. El opresor oprime su propia humanidad cuando oprime la humanidad del oprimido, porque para ser opresor tiene que haber empezado siendo oprimido. “Nadie que es
libre aspira a oprimir o a dominar. Sólo se da lo que se tiene” (Bautista, 2005: 16). La transformación de esta lógica autoasumida solamente podría darse al recuperar la propia huella, la cosmovisión y el universo que somos. Se
trata de la construcción del nosotros(as) y ubicar
eso que construyeron con nosotros y nosotras, para cambiarlo y erradicarlo, esto es, recordar lo que nos hiere y lo que nos duele, para construir una comunidad intersubjetiva que escape a esos dolores. Fue la modernidad europea, en su desarrollo, la que causó nuestro subdesarrollo. La lógica para el control fue educar a la gente para desear ser como los dominadores y no ser quien en realidad se es. No se conoce la propia cultura, pero además se aspira a ser como la cultura dominante, esto integra prejuicios en la memoria y en el cuerpo, que son propios de una nación. El sentimiento de acomplejados, nos dice Bautista, se manifiesta en quienes ya no se reconocen desde su origen, la razón es concebida desde la razón dominante y el sentimiento de inferioridad se disipa por momento, cuando se consume algún producto —sobre todo audiovisual— de la cultura dominante. Surgen preguntas que en el fondo son desgarradoras cuando existe esta situación de des-ubicación: “por qué somos los que somos, por qué pensamos como pensamos” (Bautista, 2005: 22). Pero debemos añadir: ¿por qué sentimos lo que sentimos? ¿por qué deseamos cosas sin sentido? y ¿por qué tenemos los cuerpos tan lastimados que tenemos? La descolonización debe darse en las mentes y en los
cuerpos; la desubicación de no ser indígenas ni españoles crea una escisión, de manera que tenemos que crear una sensibilidad más compleja, para reconocernos en la distinción. Una revolución, para ser exitosa, debe ser también una revolución pedagógico-cultural, pero también estética, si se quiere reconocer la multiculturalidad y la distinción. Este giro ya no debe pensarse desde los modelos occidentales, sino desde nosotros mismos. Esto no significa abandonar el saber occidental, pero tampoco debe ser el fundamento. Se trata de nuestro propio proyecto de nación, de vida y de humanidad. La cartografía de los rostros, de los cuerpos y de las consciencias de los habitantes de América Latina muestra una cierta frustración, angustia, desesperación e impotencia, ocultas en una sonrisa desgarradora y solitaria, que busca encubrir la realidad. La intención de indagar en la significación del sentir —junto con el pensar— en América Latina, intenta profundizar en el reconocimiento de las cualidades propias, respecto de lo práctico en nuestras naciones, ya que hay un distintivo poderoso, que es emocional y que, más allá del cliché poético de los latinoamericanos, tiene que ver con el arraigo a nuestras tradiciones. Nuestros sentires también dirigen nuestros saberes y viceversa. Es indispensable reconocer dichos canales de acción para poner en marcha una praxis transformadora que empiece desde lo teórico, pero que tenga un canal de salida en la acción. Lo anterior no se logrará si no se tiene presente el estancamiento emocional de las personas, en
cuanto a una anestésica , que consiguió reducir
tremendamente el nivel sensible de las subjetividades al grado de perder la empatía y la confianza en los demás. La búsqueda es por el nosotros(as), como colectividades críticas y solidarias que privilegien la imaginación y la pasionalidad en búsqueda de la acción y la responsabilidad social.
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